Aurelia

Publicado en Relatos de Mujeres el 5 de Octubre, 2005, 15:19 por Guiyermo

Al Sur,
Chiapas, México 05 de octubre de 2005
Miembro Fundador de Columnistas de la Frontera Sur
www.columnasur.org

Aurelia


GUILLERMO OCHOA MONTALVO


Querida Ana Karen, El Nayar es una región extraña a mis sentidos. Desde estas alturas, adonde sólo podemos llegar en avioneta o en helicóptero, México se ve distinto; es como remontarse siglos atrás y apreciar la cultura Cora y Huichol como testimonio presente de un pasado idílico. Nayar lleva el nombre del jefe Cora, Naye, caudillo, legislador y rey de Huacica o Xécora, defensor indomable de su tribu, una de las últimas en someterse a los españoles quienes tardaron 200 años en dominarlos.

Y esa actitud desafiante contemplo en Aurelia, una mujer de 35 años con apariencia de 40 cuyos ojos miran hacia la montaña mientras sus oídos escuchan incrédulos las promesas de sus gobernantes; promesas, repetidas durante largos siglos. Aquí, convive la población Cora, Huichol y algunos Tepehuanes con la gente mestiza, lejos, muy lejos de nuestra civilización. Aquí no hay Ski, ni Walt Mart ni siquiera televisores. Aquí persiste la quietud, el aroma a Naturaleza, el sentido de los sonidos provenientes de sus ríos, sus aves y el viento. Aquí no se escucha pop ni rock, ni siquiera a los gruperos porque en Nayar, predomina la música étnica tan melódica y dulce como el acento de su lengua. En Nayar se escucha el violín, la flauta y el tambor, instrumentos rústicos que emanan sonidos casi sagrados.

Aurelia pertenece a esta cultura que se distingue por su impecable arte de lo que dan cuenta las piedras grabadas localizadas en la Piedra del Diablo, La Boquilla y el Paso de la Güilota que aluden a su cacería, espirales, hombres, perros... Aquí se han localizado objetos que datan desde el año 700 hasta la conquista emprendida por Nuño Beltrán de Guzmán, la cual, no prospero, por cierto.

Aurelia luce su colorida vestimenta cora con la dignidad de la majestad que le brinda ser una de las principales mujeres en su comunidad, una luchadora incansable en medio del municipio más grande de Nayarit con sus 5,100 km2, la quinta parte del territorio estatal.

De pronto, Aurelia se aparta de la reunión; la sigo de cerca hasta toparla a la orilla de un desfiladero. Ahí, le pregunto algunas cosas relacionadas con las artesanías de la región, pero Aurelia me mira de hito y me responde en su lengua natal, lo que interpreto como un acto desafiante, común entre los indios que no desean hablar con los extraños, y yo lo soy.

Aurelia me hace recordar que viajar no es sólo desplazarse en el espacio. También puede ser jugar a ser otro, a aprender de nuevo, como en las épocas de la escuela, desde un idioma diferente hasta un uso distinto para las cosas que así, dejan de ser cotidianas y se transforman en algo más. Viajar es un placer disfrutable desde la salida hasta el retorno, no hay instantes desperdiciados cuando se abren los sentidos para percibir los paisajes, a la gente, sus costumbres y el gusto de los alimentos. Y eso busco en la conversación con Aurelia; sé que habla castiza porque la escuché en la mañana dirigirse a los funcionarios en castellano. Pero no cede.

Como Aurelia, los cora, mantienen su dignidad, su visión cosmogónica y las costumbres de sus ancestros; mantienen sus lugares sagrados adonde rinden culto a su dios Tsikuri en los cuatro puntos cardinales: hacia el Norte rinden culto en tsakaimuta (hoy Mesa del Nayar); hacia el Sur lo hacen en rapawiyeme (hoy Lago de Chapala); hacia el Oriente acuden a wirikuta (hoy Real de Catorce en San Luis  Potosí) y hacia el Poniente acuden a haramara (hoy San Blas). A eso lugares ha caminado el marido de Aurelia en el rito del peyote.

Insisto con Aurelia. Y no hay respuesta. Al final, le digo que la buscaré en el viaje hacia wirikuta y entonces me detiene para preguntarme qué deseo saber, esbozando una sonrisa. Y le pregunto entonces por la Fiesta del Mitote y vuelve a sonreír. Los coras celebran cada año El Mitote relacionada con el ciclo del maíz y como ésta, también celebran en la Mesa del Nayar la semana santa cora, conocida como La Judea con sus trajes bordados en extraordinarios colores; es infaltable la Fiesta del Elote así como los Huicholes celebran el Cambio de Vara y la Fiesta del Peyote.

En la etnia Huichol, cada familia tiene rituales y danzas para infinidad de dioses que representan las fuerzas de la naturaleza y una mezcla de principios de la religión católica y de la indígena, costumbres sincréticas sin duda; entre las más representativas se encuentran las de la lluvia, la purificación de milpas, nacawe, calabazas tiernas, jilotes, elotes, del sol, del peyote, del maíz tostado y tortillas de maíz crudo.

Aurelia me dice que estas fiestas no se celebran en fechas determinadas, las realizan de acuerdo a los requerimientos de su producción agrícola. Celebran otras fiestas como las de: curación de la tierra, de los muertos y decoración de los dioses, las que se realizan cada diez años.

Aurelia cede un poco, saca de su morral una botella y me invita a beber tejuino. Al probarlo lo siento agridulce, pero delicioso. — ¿Qué es? —le pregunto. —Maíz fermentado, y le ponemos sal y limón, me responde.

Por la tarde habíamos comido carne de venado y una cecina muy diferente a las que estoy acostumbrado. Los tacos de queso de leche entera, le parecieron muy fuertes a mi estómago pero lo superé sin mayor consecuencia. Aurelia me comenta los problemas para abastecerse en esta aislada región del Planeta porque las provisiones se realizan a través de canastas básicas mediante tiendas del gobierno y la gente termina pagando tres veces más por cada artículo de consumo.

En Nayar sólo hay una bodega para alojar 640 toneladas de mercancías que se distribuyen en 12 tiendas instaladas en las localidades más importantes de las 460 dispersas con que cuenta el municipio.

Aurelia ignora cosas que yo conozco, pero yo no alcanzo a comprender cosas que ella percibe con especial agudeza. Mi conocimiento es cuestión de cantidad, en ella, es una cuestión de intensidad y calidad. Creo que su capacidad de percibir es mayor que la de uno acostumbrado a no observar, ni escuchar, ni saborear con el bombardeo visual y auditivo que hay en las ciudades. Aurelia me advierte de una lluvia próxima que mi ciencia no alcana a pronosticar. Y llueve. Aurelia sí distingue un árbol de otro y me explica la diferencia entre un tepame, papelillo amarillo, tepeguaje, guásima, guapinol y un pino triste o un pino real. Mi conocimiento forestal es supino.

En Nayar la vida transcurre como un paseo entre nubes, como un sueño liviano donde sólo el hambre sacude las conciencias y avispa a las personas. Escucho a Aurelia narrar los problemas de la comunidad y percibo la enorme distancia cultural con el resto de los mexicanos. Aurelia nunca ha salido de su pueblo y la civilización está fuera de su capacidad de concebir un mundo distinto al que ella habita. Sin embargo, conoce bien el río San Pedro y el río Bolaños-Huaynamota. Esta región está cubierta por bosques y selvas, así que menos del 1 por ciento de sus suelos se dedican a la agricultura, y aún así sus bosques son poco explotados.

Aurelia se declara católica pero en la práctica predominan los rituales indios con algunos préstamos de la religión cristiana. Ella es una de las pocas mujeres que han acudido a la escuela, ese privilegio sólo lo alcanzan 5 de cada 10 personas. La mitad del pueblo es analfabeta. Antes que llegara Fox la gente tenía acceso a servicios de salud, ahora ya no. Y de eso se lamenta Aurelia porque hasta las tiendas CONSUPO desaparecieron dejando sólo 60 lecherías de Diconsa para las 460 localidades.

Aurelia no sabe cómo se llama el presidente de México ni le interesa. Sabe que hace mucho tiempo vino a decir palabras bonitas y que su gente sigue esperando, "cumpla la promesa".

La lluvia obliga a la gente a refugiarse en sus chozas donde no hay electricidad; la enorme mayoría tienen piso de tierra y muros de adobe porque aquí, el pregonado programa de vivienda foxiano, tampoco llegó. Solamente 3 de cada 10 familias disponen de agua entubada, el resto sufre para conseguirla.

Aurelia no sabe para qué sirve un teléfono celular y mucho menos qué es la Internet; en Nayar sólo existe en la cabecera municipal una estación de frecuencia modulada y un incipiente servicio de telefonía rural, pero Aurelia no tiene a quien llamar por teléfono, así que jamás ha usado uno solo.

En Nayar hay muy pocos kilómetros construidos pero en cambio, existen 18 aeródromos porque el helicóptero y la avioneta, constituyen el principal medio de comunicación, sin este medio, el Nayar se mantendría como hace 500 años.

El marido de Aurelia se dedica a cultivar maíz y como es afortunado, cuenta con un caballo y dos puercos de los 5,200 que hay en el municipio. Su hermano, en cambio, trabaja en el aserradero con otras 200 personas donde se producen cerca de 24,119 m3 de madera de pino y como 11 mil de encino.

Aurelia, como muchas otras mujeres, trabajan en la fabricación de figuras de cerámica, cuadros de tejidos, pinturas de motivos religiosos o paganos; instrumentos musicales primitivos; telas de manta con bordados de lana, tablillas de coloridos dibujos Huicholes y bolsas de manta y lana.

Su madre, le enseñó a confeccionar trajes típicos tanto Coras como Huicholes y yo, no veo gran diferencia entre uno y otro hasta que Aurelia me explica los detalles y empiezo a ver a través de sus ojos para entender que en efecto, no hay ningún parecido. Dejo de cree que todos lo chinos son iguales.

Las artesanías entre Coras y Huicholes son de un gran colorido pero más que eso, conllevan elevados simbolismos vinculados a sus creencias, entorno y magia. Las reproducciones de animales son muy recurrentes, en especial la del jaguar. Pero en sus máscaras, bastante artísticas, hay predominancia de animales míticos, diablos y fauna de su localidad. Las flechas sagradas son adornadas con plumas de águila. También fabrican equípales ceremoniales; y una gran cantidad de accesorios personales como collares, pulseras y anillos.

Aurelia camina con paso lento, no hay prisas ni automóviles de qué cuidarse; le acompaña su chilpayate en todo momento y de vez en vez, lo retira del rebozo para amamantarlo.

Aurelia se casó a los 16 años bajo la tradición india, una boda de especial colorido y rituales poco convencionales, quizá por ello, el afamado pintor José Luis Cuevas eligió casarse también bajo la tradición Huichol con su mujer, Beatriz del Carmen Bazam.

Llegamos a la choza de Aurelia y su marido la espera impaciente como hace casi 20 años en que celebraron su boda, pero no son celos sino hambre lo que tiene impaciente al hombre, entonces Aurelia deja de ser la mujer líder de su comunidad para arrodillarse al fogón y empezar a palmear la masa para preparar las tortillas en tanto los frijoles se calientan y retira una cecina de la empalizada al frente de la choza, lá unica que comerán en la semana o quizá en un mes.

Sobre un petate cenamos y sobre ese mismo, habré de pasar la noche más confortable de mi vida entre sonidos para mí desconocidos mirando una inmensa luna que lo ilumina todo trayendo mensajes de voces conocidas, esas voces inimaginables para una mujer como Aurelia cuyo destino se teje día con día entre la montaña y sus bosques. Aurelia se levantará como siempre a las cinco de l mañana en que cante el gallo y saldrá por el agua hasta un manantial a casi un kilómetro de su choza para preparar té de canela y tejuino. A esa hora, me levantaré para preparar la salida y esperar la avioneta si el tiempo no se descompone y entonces tenga la dicha de quedarme en esta región mágica de México por un día más.

La vida de Aurelia y su sentido de la vida es una cuestión de amor.

gom@columnasur.org

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