Dolores

Publicado en Relatos de Mujeres el 3 de Octubre, 2005, 1:26 por Guiyermo

Dolores


GUILLERMO OCHOA MONTALVO

Querida Ana Karen, Después de recorrer los cañaverales me queda esa amarga sensación de tanta miseria humana. En pleno Siglo XXI, donde se supone que el hombre ha logrado dominar con inteligencia, ciencia y tecnología a la Naturaleza misma, no ha logrado controlar ni siquiera, su propia naturaleza. La Naturaleza humana es indomable por perversa y pasional, entre los humanos jalan más dos tetas que cien carretas; entre los gobernantes pesan más las decisiones de alcoba que la razón y la justicia; seguimos siendo esclavos de las pasiones, los odios, el rencor, la venganza, los celos… el amor… el sexo…

Y Dolores, fue hábil para dominar las pasiones de Jerónimo, el esposo de Mercedes, quien encontraba en su mujer el prestigio social y en su amasia, el prestigio sexual. Dolores siempre envidió el talento de Mercedes, su capacidad de comprender las lecciones en la primaria. A diferencia de Dolores quien trataba de memorizar para pasar los exámenes, Mercedes comprendía cada frase, cada oración de sus libros para no olvidar jamás la lección bien aprendida. Por supuesto, esa capacidad de atención la hizo brillar siempre en los colegios, incluida la universidad, hasta que un día Jerónimo le absorbió los sesos, la atención y en ese laberinto sigue viajando la obesa Mercedes sin hijos y sin ilusiones.

Dolores nunca envidió la figura de Mercedes, sólo su talento, su inteligencia y esa facilidad de expresión que condujo a Mercedes a primeros lugares en oratoria. Dolores buscaba la atención de los hombres en sus contoneos, flirteaba hasta con los maestros con quien fue generosa para mostrar la piel; pero las letras, no eran lo suyo. Ágil para el baile, desentonada pero valiente para el canto, sensual y provocativa para vestir, talentosa para lanzar las redes del deseo, y sin duda alguna: diestra y siniestra en el sexo, Dolores supo obtener beneficios de su encanto y uno de ellos, fue la fortuna de Jerónimo.

Cuando Mercedes llegó a la vida de Jerónimo, éste lideraba a una flota de holgazanes en busca de la dirigencia regional de su organización campesina. Para Mercedes el intento de organizar sindicatos de jornaleros la motivó a estudiar derecho. Por allá, en 1971, la CNC se afanaba en crear los sindicatos de cortadores de caña para brindarles acceso a una vivienda digna mediante la participación del INDECO, a la salud a través del IMSS y a buena alimentación con el apoyo de la CONASUPO. De la misma forma, los sindicatos de jornaleros buscaban un pago justo al trabajo de quienes más se friegan la espalda, que son justamente los campesinos sin tierra.

De esos campesinos sin tierra que sí producen en el campo mexicano, Mercedes obtuvo la inspiración para estudiar la carrera de derecho y defender a esos parias golondrinos que viajan enormes distancias, de un lugar a otro, para sacarle fruto a la tierra dejando la vida en ese empeño.

Especializada en derecho agrario y laboral, Mercedes conoce en la fiesta de su madre a Jerónimo, su antiguo compañero de banca y ferviente admirador de su inteligencia. Jerónimo no tarda en conquistar a la gordita a quien le teje una red de palabrerías, de esas que constituyen el discurso del "amor" para enredarla en un mar de ilusiones y fantasías, esas maquinaciones que construyen ese estado obnubilado del espíritu llamado enamoramiento. Con tales artes, Jerónimo utilizó los conocimientos de Mercedes para acrecentar su poder y su dinero, pero nunca, para mejorar la situación de los cortadores de caña.

Mientras Mercedes peleaba por la defensa de los derechos laborales de los jornaleros y ganaba juicios en los tribunales, Jerónimo empleaba esos triunfos para negociar con el ingenio y la organización campesina, beneficios económicos y políticos, traicionando de esa manera todos los ideales que falsamente pregonaba.

A los dos años de casados, cuando la fortuna económica le sonreía a Jerónimo y su poder político empezaba a crecer, la Dolores se atraviesa en su vida con un derroche de seducción insalvable. La conoce en el bautizo de uno de esos cientos de niños a quienes los políticos pueblerinos suelen apadrinar sin ningún pudor movidos por el interés de los padres en busca de buenos compadres.

Ahí, en la fiesta estaba cantando la Dolores con su voz desafinada y aguardentosa, con su vestido escotado y su sonrisa devoradora. Ahí estaba seduciendo a Jerónimo el nuevo compadre de Bernabé. ¿Y sabes por qué Jerónimo accedió a bautizar al niño de Bernabé? Por una sencilla razón: Bernabé le vendió los terrenos ociosos a Jerónimo sin saber que ahí se levantaría una enorme construcción; por esos predios, la empresa pagaría una considerable cantidad de dinero muy superior a la obtenida por el pobre de Bernabé quien, estaba hasta agradecido con su compadre por haberle hecho ese favor para organizar la fiesta de bautizo de su primer vástago. La mitad del patrimonio de Bernabé se esfumaba en una fiesta de tres días.

Pues ahí estaba la Dolores, sin que nada le doliera en verdad y fue Bernabé quien los presentó.

—Dolores, este es mi compadre; un cabrón a toda reata, este macho no se raja ni se abre y es a toda madre…. Te lo presento porque es cumplidor y quiero que me lo trates bien… ¡que es mi compadre!

La Dolores, le lanzó una mirada condescendiente cargada de cierta complicidad; cruzó la pierna lentamente con la vista fija en los ojos de Jerónimo, distraídos a su vez, en otras geografías.

—Yo lo conozco bien. Fuimos compañeros en la primaria; pero no sé si el señor me recuerde, respondió desbordando sensualidad la Dolores.

Jerónimo también la recordaba pero prefirió fingir un poco de demencia. No quiso meterse en camisa de once varas. Cómo explicar que la conoció íntimamente en los baños de la escuela donde ella se dejaba acariciar a cambio de alguna golosina. Cómo explicar que solía meterse por las noches entre sus piernas para chuparle los jugos a una niña de 11 años. Ciertamente, ambos eran niños, pero no dejaba de abochornarle aquella experiencia infantil y aparentó no recordarla.

La familia de Dolores había cambiado de residencia a un ejido cercano al salir ella de la primaria y desde entonces, sus compañeros dejaron de frecuentarla y sus amistades se renovaron. Jerónimo no separa la vista de sus piernas ni de sus senos que respiraban el cálido aire de la noche. Tres o cuatro tragos de aguardiente fueron suficientes para reconocerse nuevamente. Bailaron, recordaron sus travesuras de infancia, se acariciaron furtivamente y en un descuido, se fugaron de la fiesta hacia los cañaverales recién cortados.

Ahí, tumbados entre la maleza, los sorprendió la luz de la mañana. Un año después, Jerónimo bautizaba a su hijo en la misma ranchería haciéndose pasar como el compadre de la Dolores. Más tarde, con los ahorros comprometidos para construirle la casa de material a Mercedes, terminó por levantársela a Dolores y sus dos hijos.

La fortuna de Jerónimo se diluyó en un santiamén. Ambos derrocharon en viajes, borracheras, paseos, fiestas y ropa, mucha ropa para vestir como vedette a la Dolores. Viajaron repetidas veces a la ciudad de México en donde Dolores se ajuaraba de pies a cabeza. Con el pretexto de atender asuntos de la organización campesina, Jerónimo abandonaba por días o semanas la casa de Mercedes mientras ella como Penélope costeña, seguía esperando a su hombre al umbral de su choza tejiendo y destejiendo los sueños de justicia social que poco a poco se desvanecían bajo el cementerio de la realidad.

Mira Ana Karen, dirás que esa mujer es una taruga sumisa o su mensa; dirás que cómo me atrevo a sostener que se trata de alguien con talento e inteligencia, pero es verdad, el talento y la misma inteligencia sucumbe ante las pasiones y las emociones sin control. Convierte a la gente en marionetas y la razón de la sinrazón es sólo comprensible bajo la lupa de la pasión, sólo desde ahí es posible tratar de entender lo incomprensible a la razón.

Jerónimo sigue presumiendo humildad como dirigente y cuando le conviene acude a su casa con Mercedes para alardear de líder incorruptible, sencillo y humilde, se jacta de habitar en una choza de bajareque y palma como lo dictan sus ideales "porque un líder campesino debe predicar con el ejemplo", dice muy ufano. Pero el sol no se oculta con un dedo y es secreto a voces que su "casa chica" no es la de Dolores quien habita una casa palaciega para ese pueblo, sino la de Mercedes quien con inexplicable estoismo soporta los engaños de su marido sin reclamo ni chantaje. Condición de la mujer mexicana por desgracia.

Dolores, después de 20 años de relación con Jerónimo lo sigue tratando de compadre, ninguno de los dos reconoce la relación abiertamente y se limitan a ejercer aquel viejo refrán de "compadre que no se tira a la comadre, no es compadre". Los cercanos a Jerónimo disimulan sin atreverse a cuestionar algo que es cotidiano en los pueblos e incluso en las ciudades; la bigamia no es permitida pero sí tolerada hasta con una carga de prestigio viril; y el poder del cuerpo aquí, se ejercen con lujo y con lujuria.

Dolores abandonó los estudios tan pronto concluyó sus seis años rigurosos de primaria; siempre creyó que las escuelas en el mundo eran como las de su pueblo: aulas improvisadas de lámina, techos de cartón, pupitres de piedra, pizarrones de desecho, maestros que imparten clases en dos o tres grados a la vez, y eso, cuando asisten a la escuela rural que les queda lejana y poco accesible como a los propios alumnos.

Dolores salió de su pueblo hasta cumplir los 27 años en 1982 para ser exactos. Fue cuando la invitó un diputado a conocer Tuxtla Gutiérrez y aquella ciudad le pareció fascinante. A su pueblo, la televisión llegó tardíamente. Imagínate, si en Tapachula que es una ciudad importante, la televisión llegó en 1969, en estas rancherías ni siquiera se hablaba de ella en los años ochenta. Claro que ahora hasta la más humilde choza cuenta con Ski o con sistemas satelitales similares.

Dolores quedó deslumbrada con la gran ciudad, sus tiendas y restaurantes adonde la condujo suavemente el diputado hasta obtener de ella sus favores; generosa dádiva de piel que Dolores otorgaba a cambio de ese mundo nuevo a sus sentidos. Entonces se sintió importante, lució la ropa que el diputado le compraba sin remilgo alguno. El diputado nutrió sus fantasías de gran señora tocando la fibra sensible de la vanidad y la ambición femenina.

Durante casi tres años que le duró el cargo al diputado ese, Dolores permaneció como su "asistente" y compañera de juerga. Vivieron en Tuxtla durante un tiempo sin que la esposa del diputado sospechara de esa relación. La lucía entre sus compañeros y en alguna ocasión hasta la negoció a cambio de alguna prebenda. A los machos mexicanos les gustan la mujeres alegres en público y las serias y decentes metidas en su casa. La Dolores era el objeto codiciable por los hombres que el diputado ostentaba como propio para envidia de los demás, como parte de su poder… Y la Dolores se dejaba querer de esa manera.

Al concluir su gestión como legislador en 1985, el diputado regresa a Dolores para su casa. Unos días después, la Dolores se encuentra con Jerónimo y con la inmanencia del poder. Supo entonces, que un hombre así no se le volvería a escapar y con el despliegue de sus encantos, logró retenerlo.

La Dolores buscó a Jerónimo dos meses después para informarle que aquel arrebato en el cañaveral tendría nombre pero no apellido. Jerónimo se deshizo en explicaciones para hacerle entender que su carrera política correría peligro si desataban algún escándalo en ese momento; le prometió hacerse cargo de la criatura, bautizarlo y mantenerlos como Dios manda, pero con discreción. Jerónimo le prometió que en cuanto los asuntos estuvieran arreglados, el se encargaría de buscar el divorcio y se casaría con ella. Le prometió las perlas de la virgen y Dolores accedió.

—¿Por qué serán tan pendejas las mujeres que todo nos creen?, le comentaba Jerónimo a su compadre al ufanarse de su engaño. —¿En verdad creerá esta perra, que voy a casarme con ella?

Pasaron los años y Jerónimo cumplió su palabra de mantener a las dos criaturas; se hizo cargo de construirle la casa y pagarle sendos viajes para visitar a sus tías en Tuxtla Gutiérrez y en México adonde diligente y puntualmente, asistía la Dolores cada mes a entrevistarse íntimamente con aquel diputado que nunca dejó de disfrutar de sus encantos.

—¿Por qué serán tan pendejos los hombres que hasta mantienen como propios a los hijos del otro?, le preguntaba la Dolores a su diputado, mientras tendidos en la cama fumaban y planeaban en qué gastar el resto del dinero de Jerónimo.