Publicado en Relatos de Mujeres el 2 de Octubre, 2005, 15:43
por Guiyermo
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Mercedes
GUILLERMO OCHOA MONTALVO
Querida Ana Karen, No sé hace cuánto tiempo envié la última carta manuscrita. De seguro, ya pasaron muchos años, tantos que ni siquiera podría recordar a quien se la pude haber dirigido. Por eso te dedico estas líneas de mi puño y letra, como dijera la abuela. De alguna forma, sabrás descifrar los caracteres en scrip, con los cuales aprendí a leer y escribir, hoy en desuso en la mayoría de las escuelas.
Aquí, en este apartado pueblo de Chiapas, cuyo nombre ni siquiera aparece en el mapa, el tiempo fluye lento entre sus calles polvorosas y sus casas de bajareque; llueve calor, fuego y cenizas, que anuncian la quema de la caña. Este domingo desperté a las cinco de la mañana con el canto del gallo y el trinar de cientos de pajarillos multicolores; de seguro, muchos de ellos, cenicientos por la zafra.
Mercedes, una mujer obesa por naturaleza, me trajo café hasta la hamaca donde permanecí en duermevela sufriendo el calor de esta región donde ni los huracanes son capaces de refrescar el ambiente, pasé la noche mirando a tarvés de la paja el cielo encapotado y sintiendo las gotas de la llovizna caer sobre mi rostro. Con amabilidad, me tendió el pocillo de peltre quedándose para sí, con el de barro.
—Si no le molesta, preferiría el de barro, lo dije con sinceridad por el sabor que suele tomar el café con canela y piloncillo dentro del barro.
—De ninguna manera. Usted es el invitado y su taza es la de lujo, me dijo refiriéndose al pocillo de peltre. Conociendo la buena intención de la doña, no tuve más remedio que aceptar ese material que nuca fue de mi agrado. Hasta la pequeña habitación en penumbras, llegaba un aroma a café mezclado con el de la caña que hervía en el trapiche desde las primeras horas de la madrugada. Ese aroma me despertó con una sonrisa y el alma más ligera.
Mercedes, asentó toda su humanidad sobre una débil silla de plástico que parecía sufrir con aquella mujer voluminosa. Por amabilidad, quiso acompañarme con el primer café de la mañana, y yo se lo agradecí.
— ¿Durmió bien?, me preguntó por decir algo.
—En verdad, el calor es insufrible y nunca logro escapar de las pequeñas arañas; además, en esta época, las abejitas de miel y las palomas de San Juan han invadido toda la habitación dejando sus alas en todas partes para convertirse luego en polilla. A cada sitio adonde llego, las arañas me brindan la bienvenida dejando sus huellas en mi piel y luego tremendas ronchas que de ninguna manera son peligrosas pero no dejan de ser molestas, le comenté mientras le mostraba los piquetes de la noche.
—¡Qué pena!, pero en la costa así se vive a diario, y uno debe acostumbrarse. Mi santo abuelo, que ni era tan santo y ni siquiera mi verdadero abuelo, decía que en este pueblo sólo podría vivirse estando loco o borracho. Y quizá por eso murió de cirrosis hepática. Pero no se preocupe, ya se acostumbrará, cuando no son los mosquitos, son los zompopos y ¡vaya que hay más de cien variedades de hormigas!, ya se acostumbrará a los bichos, que son muchos y diferentes. —la doña sorbe los últimos tragos de su café, se levanta a servirse de nuevo y continúa su historia desde la otra habitación.
—¿Sabe? Cuando era chica mi mayor ilusión fue salir de este pueblo, así que estudié primero aquí y luego continué en Tapachula. Soñaba con ser administradora para trabajar en el ingenio o con ser abogada para defender los derechos de los cañeros a quienes tanto explota el ingenio, el gobierno y las organizaciones. Así que me fui a la capital con una mi tía muy catrina ella. Entre que me agarró de su sirvienta y me dejaba ir a la escuela, terminé la carrera dando clases como suplente de un excelente maestro. Ejercí en su despacho dos años y la muy burra de mí, me regresé al pueblo al cumpleaños de mi madre en 1983 y en esa fiesta me picó el mosquito del amor. Conocí a Jerónimo, que era entonces el mero mero líder de los cañeros y pues me deslumbró con su poder, pero también, la fantasía de hacer realidad mi sueño y creí que juntos podíamos mejorar al pueblo…., — a Mercedes, de pronto se le quiebra la voz y deja de hablar desde la habitación contigua.
—¿Y luego? Que sucedió, le pregunto realmente interesado en esa historia.
Mercedes se acerca con más café con piloncillo y una raja de canela, se sienta nuevamente en esa silla que no parece aguantar tanto peso y coloca su taza sobre una caja de madera. Trato de verla fijamente a los ojos pero su mirada es esquiva y ahora se coloca el cabello sobre la frente. Quisiera saber si toda la vida fue gorda pero ella misma se anticipa a la pregunta.
— Nunca tuve una figura de modelo, pero desde que regresé de México empecé a heredar a la familia de mi madre, juchitecas, todas ellas y vea de qué tamaño me puse, — y me sonríe abiertamente con un rictus, entre burla y dolor. Trato de adivinar inutilmente su historia.
—Cuando regresé de México venía muy envalentonada después de conocer los movimientos estudiantiles de 1971 y una de joven, siempre cree que puede cambiar el mundo. Así que cuando conocí a Jerónimo creí que al fin la revolución nos haría justicia luchando a favor de los cañeros y los campesinos; ¡pero que locura!, si no hay campesino más huevón que el cañero. A las primeras de cambio, me desilusioné y empecé a tragar con voracidad hasta quedar echa una marrana…. —Mercedes, se levanta sin decir más. La veo enjugarse los ojos con el delantal y salir al patio de su casa a cortar un poco de manzanilla.
Sorbo el café con la mirada sobre el techo de palma y así pasó varios minutos en la vaga contemplación de esas figuras caprichosas que la hueva suele crear, como dice José Luis Castillejos. Pero este ejercicio lúdico de la imaginación no es hueva sino depresión, un poco de agotamiento y bastante hastío. Cierto, el hastió y la depre, son primos hermanos de la hueva, al fin y al cabo. Trato de no caer en la pesada labor de levantarme y de un salto empiezo con una rutina compulsiva. Acomodo la hamaca sobre la triste pared de bejucos humedecidos. Trato de poner un poco de orden a mi ropa desperdigada por toda la habitación. Soy expansivo al apropiarme del espacio y termino por dejar las cosas regadas por todas partes. Pero aquí no hay mucho espacio para darme ese lujo.
Israel prometió pasar por mí alrededor de las siete de la mañana para visitar los cañaverales y algunos trapiches. Cuando pienso en los trapiches, me es imposible, no asociarlo al recuerdo de Ra, el pequeño hijo de una amiga que murió al caer entre las mieles ardientes.
—Mercedes, ¿me puede decir dónde puedo bañarme?, le pregunto con el temor de que me mande al río.
—Es mejor bañarse a mediodía cuando el agua está tibia, pero si quiere hacerlo ahora, le enciendo la bomba del pozo y el baño está ahí afuera... —responde al tiempo en que se dirige a encender la bomba.
—¿Y cuanto lleva aquí en el pueblo?, le pregunto con curiosidad morbosa.
—Pues cerca de 25 años, toda una vida… una vida desperdiciada, ¿verdad? ¡Imagínese! Una de mis compañera es ahora Senadora de la República; otra, se casó con el maestro y dueño del despacho de abogados; otras tres viven en Francia…, — suspira Mercedes—, y yo aquí encendiendo una bomba para poder tomar un baño de agua fría…, cortando hortalizas y matando gallinas… esta no es la vida que deseaba. Ni siquiera tengo hijos con quienes justificar mi triste existencia.
La veo moverse de un lado a otro con cierta pereza. Cuando Israel me alojó con Mercedes, me advirtió que la dejara hablar sin hacerle preguntas, pero a estas alturas de su historia no puedo contener la curiosidad de saber por qué una universitaria quien no para de leer tuvo que permanecer en este pueblo dejado de la mano de dios.
—¿Pero por qué no ejerció su carrera de abogada?, le pregunto abiertamente.
La mujer se sienta nuevamente, toma la falda entre sus manos sumiéndola entre sus piernas gordas. Se mece sobre sí misma antes de responder.
—Ejercí un tiempo tratando de obtener un trato justo para los cortadores de caña y mi presión sólo sirvió para que Jerónimo negociara mejores condiciones económicas con el ingenio y con la organización campesina; vendió el movimiento, sacó buena tajada de eso; hasta se consiguió una amante a quien mantuvo cerca de 10 años sin que yo lo supiera, hasta que un día se presentó uno de sus hijos a reclamarle dinero. Él no sabe que conozco su historia y a sus hijos. Pero le decía, los ejidatarios de la caña no quisieron hacer nada por los cortadores ni por ellos mismos, su trabajo es acomodarse en la hamaca y esperar el cheque que les mandan y si no llega, recurren al préstamo del ingenio quien les adelanta dinero y luego les hace las cuentas del gran capitán, pero así es la flojera y prefieren estar mal pagados que ponerse a trabajar en serio. Claro que aquí, obtener unos 15 mil pesos al mes es muy buen dinero, que gastan de inmediato en camionetas, borracheras, mujeres, juego y ya ve… las casas siguen igual de jodidas.
—¿Y por qué no lo dejó?, le pregunto intrigado.
—Los primeros años fueron de lucha, luego murió mi padre y tuve que hacerme cargo de mi madre. Más tarde, una se conforma con un poco de sexo al que se le confunde con el amor y se le adereza con la ilusión de que todo habrá de mejorar y cambiar algún día… hasta que te das cuenta que ese día empieza a ser demasiado tarde y las arrugas te lo gritan cada mañana frente al espejo… No pudimos tener hijos y supongo que fui yo quien está seca, pues él tiene dos con la otra mujer… No lo culpo, ella no es tan obesa como yo aunque es una arpía ignorante, pero así les agrada a los hombres: mujeres buenas pa’la cama que no piensen ni opinen…
Mercedes se limpia el sudor de la frente con su propio vestido. Camina hacia una caja de madera de donde extrae algunos papeles; los revisa hasta encontrar un legajo cocido al estilo de los expedientes de los juzgados.
—Antes de bañarse, lea esto.
Durante casi una hora leo las fojas de aquel documento donde narra la historia del ejido, sus líderes y gente. En él detalla las condiciones infrahumanas en que son tratados los cortadores de caña; el abuso del que son objeto al no contabilizárseles los surcos cortados de manera correcta; la carencia de servicios médicos, la presencia de talladores de baraja y vendedores de alcohol y carne cada día de raya. Ahí narra cómo el ingenio les cobra fletes indebidos y les añade cuentas indebidas a la hora de liquidar a los ejidatarios. Habla de los líderes que se coluden con autoridades y empresarios, de atrocidades y muertes no esclarecidas…
—Entiende ahora ¿Por qué dejé de litigar y de luchar por esa gente que nunca comprenderá que es mejor aprender a trabajar que vivir como parásitos?
—Si, la comprendo, ¿pero no ha caído usted misma en lo que juzga como indolencia, apatía y flojera en los otros?, le pregunto.
—Cuando usted permanezca aquí un mes, quiero que me lo vuelva a preguntar. Por ahora, es mejor que salga a bañarse antes que empiecen a caer las cenizas. Por cierto, ¿ha sentido alguna vez esa necesidad de huir de un lugar y de permanecer en ese sitio al mismo tiempo?
Mercedes salé de la habitación y me quedo con su pregunta dándome vueltas en la mente. Eso es justo lo que siento en este instante… GUILLERMO OCHOA MONTALVO
Querida Ana Karen, No sé hace cuánto tiempo envié la última carta manuscrita. De seguro, ya pasaron muchos años, tantos que ni siquiera podría recordar a quien se la pude haber dirigido. Por eso te dedico estas líneas de mi puño y letra, como dijera la abuela. De alguna forma, sabrás descifrar los caracteres en scrip, con los cuales aprendí a leer y escribir, hoy en desuso en la mayoría de las escuelas.
Aquí, en este apartado pueblo de Chiapas, cuyo nombre ni siquiera aparece en el mapa, el tiempo fluye lento entre sus calles polvorosas y sus casas de bajareque; llueve calor, fuego y cenizas, que anuncian la quema de la caña. Este domingo desperté a las cinco de la mañana con el canto del gallo y el trinar de cientos de pajarillos multicolores; de seguro, muchos de ellos, cenicientos por la zafra.
Mercedes, una mujer obesa por naturaleza, me trajo café hasta la hamaca donde permanecí en duermevela sufriendo el calor de esta región donde ni los huracanes son capaces de refrescar el ambiente, pasé la noche mirando a tarvés de la paja el cielo encapotado y sintiendo las gotas de la llovizna caer sobre mi rostro. Con amabilidad, me tendió el pocillo de peltre quedándose para sí, con el de barro.
—Si no le molesta, preferiría el de barro, lo dije con sinceridad por el sabor que suele tomar el café con canela y piloncillo dentro del barro.
—De ninguna manera. Usted es el invitado y su taza es la de lujo, me dijo refiriéndose al pocillo de peltre. Conociendo la buena intención de la doña, no tuve más remedio que aceptar ese material que nuca fue de mi agrado. Hasta la pequeña habitación en penumbras, llegaba un aroma a café mezclado con el de la caña que hervía en el trapiche desde las primeras horas de la madrugada. Ese aroma me despertó con una sonrisa y el alma más ligera.
Mercedes, asentó toda su humanidad sobre una débil silla de plástico que parecía sufrir con aquella mujer voluminosa. Por amabilidad, quiso acompañarme con el primer café de la mañana, y yo se lo agradecí.
— ¿Durmió bien?, me preguntó por decir algo.
—En verdad, el calor es insufrible y nunca logro escapar de las pequeñas arañas; además, en esta época, las abejitas de miel y las palomas de San Juan han invadido toda la habitación dejando sus alas en todas partes para convertirse luego en polilla. A cada sitio adonde llego, las arañas me brindan la bienvenida dejando sus huellas en mi piel y luego tremendas ronchas que de ninguna manera son peligrosas pero no dejan de ser molestas, le comenté mientras le mostraba los piquetes de la noche.
—¡Qué pena!, pero en la costa así se vive a diario, y uno debe acostumbrarse. Mi santo abuelo, que ni era tan santo y ni siquiera mi verdadero abuelo, decía que en este pueblo sólo podría vivirse estando loco o borracho. Y quizá por eso murió de cirrosis hepática. Pero no se preocupe, ya se acostumbrará, cuando no son los mosquitos, son los zompopos y ¡vaya que hay más de cien variedades de hormigas!, ya se acostumbrará a los bichos, que son muchos y diferentes. —la doña sorbe los últimos tragos de su café, se levanta a servirse de nuevo y continúa su historia desde la otra habitación.
—¿Sabe? Cuando era chica mi mayor ilusión fue salir de este pueblo, así que estudié primero aquí y luego continué en Tapachula. Soñaba con ser administradora para trabajar en el ingenio o con ser abogada para defender los derechos de los cañeros a quienes tanto explota el ingenio, el gobierno y las organizaciones. Así que me fui a la capital con una mi tía muy catrina ella. Entre que me agarró de su sirvienta y me dejaba ir a la escuela, terminé la carrera dando clases como suplente de un excelente maestro. Ejercí en su despacho dos años y la muy burra de mí, me regresé al pueblo al cumpleaños de mi madre en 1983 y en esa fiesta me picó el mosquito del amor. Conocí a Jerónimo, que era entonces el mero mero líder de los cañeros y pues me deslumbró con su poder, pero también, la fantasía de hacer realidad mi sueño y creí que juntos podíamos mejorar al pueblo…., — a Mercedes, de pronto se le quiebra la voz y deja de hablar desde la habitación contigua.
—¿Y luego? Que sucedió, le pregunto realmente interesado en esa historia.
Mercedes se acerca con más café con piloncillo y una raja de canela, se sienta nuevamente en esa silla que no parece aguantar tanto peso y coloca su taza sobre una caja de madera. Trato de verla fijamente a los ojos pero su mirada es esquiva y ahora se coloca el cabello sobre la frente. Quisiera saber si toda la vida fue gorda pero ella misma se anticipa a la pregunta.
— Nunca tuve una figura de modelo, pero desde que regresé de México empecé a heredar a la familia de mi madre, juchitecas, todas ellas y vea de qué tamaño me puse, — y me sonríe abiertamente con un rictus, entre burla y dolor. Trato de adivinar inutilmente su historia.
—Cuando regresé de México venía muy envalentonada después de conocer los movimientos estudiantiles de 1971 y una de joven, siempre cree que puede cambiar el mundo. Así que cuando conocí a Jerónimo creí que al fin la revolución nos haría justicia luchando a favor de los cañeros y los campesinos; ¡pero que locura!, si no hay campesino más huevón que el cañero. A las primeras de cambio, me desilusioné y empecé a tragar con voracidad hasta quedar echa una marrana…. —Mercedes, se levanta sin decir más. La veo enjugarse los ojos con el delantal y salir al patio de su casa a cortar un poco de manzanilla.
Sorbo el café con la mirada sobre el techo de palma y así pasó varios minutos en la vaga contemplación de esas figuras caprichosas que la hueva suele crear, como dice José Luis Castillejos. Pero este ejercicio lúdico de la imaginación no es hueva sino depresión, un poco de agotamiento y bastante hastío. Cierto, el hastió y la depre, son primos hermanos de la hueva, al fin y al cabo. Trato de no caer en la pesada labor de levantarme y de un salto empiezo con una rutina compulsiva. Acomodo la hamaca sobre la triste pared de bejucos humedecidos. Trato de poner un poco de orden a mi ropa desperdigada por toda la habitación. Soy expansivo al apropiarme del espacio y termino por dejar las cosas regadas por todas partes. Pero aquí no hay mucho espacio para darme ese lujo.
Israel prometió pasar por mí alrededor de las siete de la mañana para visitar los cañaverales y algunos trapiches. Cuando pienso en los trapiches, me es imposible, no asociarlo al recuerdo de Ra, el pequeño hijo de una amiga que murió al caer entre las mieles ardientes.
—Mercedes, ¿me puede decir dónde puedo bañarme?, le pregunto con el temor de que me mande al río.
—Es mejor bañarse a mediodía cuando el agua está tibia, pero si quiere hacerlo ahora, le enciendo la bomba del pozo y el baño está ahí afuera... —responde al tiempo en que se dirige a encender la bomba.
—¿Y cuanto lleva aquí en el pueblo?, le pregunto con curiosidad morbosa.
—Pues cerca de 25 años, toda una vida… una vida desperdiciada, ¿verdad? ¡Imagínese! Una de mis compañera es ahora Senadora de la República; otra, se casó con el maestro y dueño del despacho de abogados; otras tres viven en Francia…, — suspira Mercedes—, y yo aquí encendiendo una bomba para poder tomar un baño de agua fría…, cortando hortalizas y matando gallinas… esta no es la vida que deseaba. Ni siquiera tengo hijos con quienes justificar mi triste existencia.
La veo moverse de un lado a otro con cierta pereza. Cuando Israel me alojó con Mercedes, me advirtió que la dejara hablar sin hacerle preguntas, pero a estas alturas de su historia no puedo contener la curiosidad de saber por qué una universitaria quien no para de leer tuvo que permanecer en este pueblo dejado de la mano de dios.
—¿Pero por qué no ejerció su carrera de abogada?, le pregunto abiertamente.
La mujer se sienta nuevamente, toma la falda entre sus manos sumiéndola entre sus piernas gordas. Se mece sobre sí misma antes de responder.
—Ejercí un tiempo tratando de obtener un trato justo para los cortadores de caña y mi presión sólo sirvió para que Jerónimo negociara mejores condiciones económicas con el ingenio y con la organización campesina; vendió el movimiento, sacó buena tajada de eso; hasta se consiguió una amante a quien mantuvo cerca de 10 años sin que yo lo supiera, hasta que un día se presentó uno de sus hijos a reclamarle dinero. Él no sabe que conozco su historia y a sus hijos. Pero le decía, los ejidatarios de la caña no quisieron hacer nada por los cortadores ni por ellos mismos, su trabajo es acomodarse en la hamaca y esperar el cheque que les mandan y si no llega, recurren al préstamo del ingenio quien les adelanta dinero y luego les hace las cuentas del gran capitán, pero así es la flojera y prefieren estar mal pagados que ponerse a trabajar en serio. Claro que aquí, obtener unos 15 mil pesos al mes es muy buen dinero, que gastan de inmediato en camionetas, borracheras, mujeres, juego y ya ve… las casas siguen igual de jodidas.
—¿Y por qué no lo dejó?, le pregunto intrigado.
—Los primeros años fueron de lucha, luego murió mi padre y tuve que hacerme cargo de mi madre. Más tarde, una se conforma con un poco de sexo al que se le confunde con el amor y se le adereza con la ilusión de que todo habrá de mejorar y cambiar algún día… hasta que te das cuenta que ese día empieza a ser demasiado tarde y las arrugas te lo gritan cada mañana frente al espejo… No pudimos tener hijos y supongo que fui yo quien está seca, pues él tiene dos con la otra mujer… No lo culpo, ella no es tan obesa como yo aunque es una arpía ignorante, pero así les agrada a los hombres: mujeres buenas pa’la cama que no piensen ni opinen…
Mercedes se limpia el sudor de la frente con su propio vestido. Camina hacia una caja de madera de donde extrae algunos papeles; los revisa hasta encontrar un legajo cocido al estilo de los expedientes de los juzgados.
—Antes de bañarse, lea esto.
Durante casi una hora leo las fojas de aquel documento donde narra la historia del ejido, sus líderes y gente. En él detalla las condiciones infrahumanas en que son tratados los cortadores de caña; el abuso del que son objeto al no contabilizárseles los surcos cortados de manera correcta; la carencia de servicios médicos, la presencia de talladores de baraja y vendedores de alcohol y carne cada día de raya. Ahí narra cómo el ingenio les cobra fletes indebidos y les añade cuentas indebidas a la hora de liquidar a los ejidatarios. Habla de los líderes que se coluden con autoridades y empresarios, de atrocidades y muertes no esclarecidas…
—Entiende ahora ¿Por qué dejé de litigar y de luchar por esa gente que nunca comprenderá que es mejor aprender a trabajar que vivir como parásitos?
—Si, la comprendo, ¿pero no ha caído usted misma en lo que juzga como indolencia, apatía y flojera en los otros?, le pregunto.
—Cuando usted permanezca aquí un mes, quiero que me lo vuelva a preguntar. Por ahora, es mejor que salga a bañarse antes que empiecen a caer las cenizas. Por cierto, ¿ha sentido alguna vez esa necesidad de huir de un lugar y de permanecer en ese sitio al mismo tiempo?
Mercedes salé de la habitación y me quedo con su pregunta dándome vueltas en la mente. Eso es justo lo que siento en este instante… |
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