Aurelia

Publicado en Relatos de Mujeres el 5 de Octubre, 2005, 15:19 por Guiyermo

Al Sur,
Chiapas, México 05 de octubre de 2005
Miembro Fundador de Columnistas de la Frontera Sur
www.columnasur.org

Aurelia


GUILLERMO OCHOA MONTALVO


Querida Ana Karen, El Nayar es una región extraña a mis sentidos. Desde estas alturas, adonde sólo podemos llegar en avioneta o en helicóptero, México se ve distinto; es como remontarse siglos atrás y apreciar la cultura Cora y Huichol como testimonio presente de un pasado idílico. Nayar lleva el nombre del jefe Cora, Naye, caudillo, legislador y rey de Huacica o Xécora, defensor indomable de su tribu, una de las últimas en someterse a los españoles quienes tardaron 200 años en dominarlos.

Y esa actitud desafiante contemplo en Aurelia, una mujer de 35 años con apariencia de 40 cuyos ojos miran hacia la montaña mientras sus oídos escuchan incrédulos las promesas de sus gobernantes; promesas, repetidas durante largos siglos. Aquí, convive la población Cora, Huichol y algunos Tepehuanes con la gente mestiza, lejos, muy lejos de nuestra civilización. Aquí no hay Ski, ni Walt Mart ni siquiera televisores. Aquí persiste la quietud, el aroma a Naturaleza, el sentido de los sonidos provenientes de sus ríos, sus aves y el viento. Aquí no se escucha pop ni rock, ni siquiera a los gruperos porque en Nayar, predomina la música étnica tan melódica y dulce como el acento de su lengua. En Nayar se escucha el violín, la flauta y el tambor, instrumentos rústicos que emanan sonidos casi sagrados.

Aurelia pertenece a esta cultura que se distingue por su impecable arte de lo que dan cuenta las piedras grabadas localizadas en la Piedra del Diablo, La Boquilla y el Paso de la Güilota que aluden a su cacería, espirales, hombres, perros... Aquí se han localizado objetos que datan desde el año 700 hasta la conquista emprendida por Nuño Beltrán de Guzmán, la cual, no prospero, por cierto.

Aurelia luce su colorida vestimenta cora con la dignidad de la majestad que le brinda ser una de las principales mujeres en su comunidad, una luchadora incansable en medio del municipio más grande de Nayarit con sus 5,100 km2, la quinta parte del territorio estatal.

De pronto, Aurelia se aparta de la reunión; la sigo de cerca hasta toparla a la orilla de un desfiladero. Ahí, le pregunto algunas cosas relacionadas con las artesanías de la región, pero Aurelia me mira de hito y me responde en su lengua natal, lo que interpreto como un acto desafiante, común entre los indios que no desean hablar con los extraños, y yo lo soy.

Aurelia me hace recordar que viajar no es sólo desplazarse en el espacio. También puede ser jugar a ser otro, a aprender de nuevo, como en las épocas de la escuela, desde un idioma diferente hasta un uso distinto para las cosas que así, dejan de ser cotidianas y se transforman en algo más. Viajar es un placer disfrutable desde la salida hasta el retorno, no hay instantes desperdiciados cuando se abren los sentidos para percibir los paisajes, a la gente, sus costumbres y el gusto de los alimentos. Y eso busco en la conversación con Aurelia; sé que habla castiza porque la escuché en la mañana dirigirse a los funcionarios en castellano. Pero no cede.

Como Aurelia, los cora, mantienen su dignidad, su visión cosmogónica y las costumbres de sus ancestros; mantienen sus lugares sagrados adonde rinden culto a su dios Tsikuri en los cuatro puntos cardinales: hacia el Norte rinden culto en tsakaimuta (hoy Mesa del Nayar); hacia el Sur lo hacen en rapawiyeme (hoy Lago de Chapala); hacia el Oriente acuden a wirikuta (hoy Real de Catorce en San Luis  Potosí) y hacia el Poniente acuden a haramara (hoy San Blas). A eso lugares ha caminado el marido de Aurelia en el rito del peyote.

Insisto con Aurelia. Y no hay respuesta. Al final, le digo que la buscaré en el viaje hacia wirikuta y entonces me detiene para preguntarme qué deseo saber, esbozando una sonrisa. Y le pregunto entonces por la Fiesta del Mitote y vuelve a sonreír. Los coras celebran cada año El Mitote relacionada con el ciclo del maíz y como ésta, también celebran en la Mesa del Nayar la semana santa cora, conocida como La Judea con sus trajes bordados en extraordinarios colores; es infaltable la Fiesta del Elote así como los Huicholes celebran el Cambio de Vara y la Fiesta del Peyote.

En la etnia Huichol, cada familia tiene rituales y danzas para infinidad de dioses que representan las fuerzas de la naturaleza y una mezcla de principios de la religión católica y de la indígena, costumbres sincréticas sin duda; entre las más representativas se encuentran las de la lluvia, la purificación de milpas, nacawe, calabazas tiernas, jilotes, elotes, del sol, del peyote, del maíz tostado y tortillas de maíz crudo.

Aurelia me dice que estas fiestas no se celebran en fechas determinadas, las realizan de acuerdo a los requerimientos de su producción agrícola. Celebran otras fiestas como las de: curación de la tierra, de los muertos y decoración de los dioses, las que se realizan cada diez años.

Aurelia cede un poco, saca de su morral una botella y me invita a beber tejuino. Al probarlo lo siento agridulce, pero delicioso. — ¿Qué es? —le pregunto. —Maíz fermentado, y le ponemos sal y limón, me responde.

Por la tarde habíamos comido carne de venado y una cecina muy diferente a las que estoy acostumbrado. Los tacos de queso de leche entera, le parecieron muy fuertes a mi estómago pero lo superé sin mayor consecuencia. Aurelia me comenta los problemas para abastecerse en esta aislada región del Planeta porque las provisiones se realizan a través de canastas básicas mediante tiendas del gobierno y la gente termina pagando tres veces más por cada artículo de consumo.

En Nayar sólo hay una bodega para alojar 640 toneladas de mercancías que se distribuyen en 12 tiendas instaladas en las localidades más importantes de las 460 dispersas con que cuenta el municipio.

Aurelia ignora cosas que yo conozco, pero yo no alcanzo a comprender cosas que ella percibe con especial agudeza. Mi conocimiento es cuestión de cantidad, en ella, es una cuestión de intensidad y calidad. Creo que su capacidad de percibir es mayor que la de uno acostumbrado a no observar, ni escuchar, ni saborear con el bombardeo visual y auditivo que hay en las ciudades. Aurelia me advierte de una lluvia próxima que mi ciencia no alcana a pronosticar. Y llueve. Aurelia sí distingue un árbol de otro y me explica la diferencia entre un tepame, papelillo amarillo, tepeguaje, guásima, guapinol y un pino triste o un pino real. Mi conocimiento forestal es supino.

En Nayar la vida transcurre como un paseo entre nubes, como un sueño liviano donde sólo el hambre sacude las conciencias y avispa a las personas. Escucho a Aurelia narrar los problemas de la comunidad y percibo la enorme distancia cultural con el resto de los mexicanos. Aurelia nunca ha salido de su pueblo y la civilización está fuera de su capacidad de concebir un mundo distinto al que ella habita. Sin embargo, conoce bien el río San Pedro y el río Bolaños-Huaynamota. Esta región está cubierta por bosques y selvas, así que menos del 1 por ciento de sus suelos se dedican a la agricultura, y aún así sus bosques son poco explotados.

Aurelia se declara católica pero en la práctica predominan los rituales indios con algunos préstamos de la religión cristiana. Ella es una de las pocas mujeres que han acudido a la escuela, ese privilegio sólo lo alcanzan 5 de cada 10 personas. La mitad del pueblo es analfabeta. Antes que llegara Fox la gente tenía acceso a servicios de salud, ahora ya no. Y de eso se lamenta Aurelia porque hasta las tiendas CONSUPO desaparecieron dejando sólo 60 lecherías de Diconsa para las 460 localidades.

Aurelia no sabe cómo se llama el presidente de México ni le interesa. Sabe que hace mucho tiempo vino a decir palabras bonitas y que su gente sigue esperando, "cumpla la promesa".

La lluvia obliga a la gente a refugiarse en sus chozas donde no hay electricidad; la enorme mayoría tienen piso de tierra y muros de adobe porque aquí, el pregonado programa de vivienda foxiano, tampoco llegó. Solamente 3 de cada 10 familias disponen de agua entubada, el resto sufre para conseguirla.

Aurelia no sabe para qué sirve un teléfono celular y mucho menos qué es la Internet; en Nayar sólo existe en la cabecera municipal una estación de frecuencia modulada y un incipiente servicio de telefonía rural, pero Aurelia no tiene a quien llamar por teléfono, así que jamás ha usado uno solo.

En Nayar hay muy pocos kilómetros construidos pero en cambio, existen 18 aeródromos porque el helicóptero y la avioneta, constituyen el principal medio de comunicación, sin este medio, el Nayar se mantendría como hace 500 años.

El marido de Aurelia se dedica a cultivar maíz y como es afortunado, cuenta con un caballo y dos puercos de los 5,200 que hay en el municipio. Su hermano, en cambio, trabaja en el aserradero con otras 200 personas donde se producen cerca de 24,119 m3 de madera de pino y como 11 mil de encino.

Aurelia, como muchas otras mujeres, trabajan en la fabricación de figuras de cerámica, cuadros de tejidos, pinturas de motivos religiosos o paganos; instrumentos musicales primitivos; telas de manta con bordados de lana, tablillas de coloridos dibujos Huicholes y bolsas de manta y lana.

Su madre, le enseñó a confeccionar trajes típicos tanto Coras como Huicholes y yo, no veo gran diferencia entre uno y otro hasta que Aurelia me explica los detalles y empiezo a ver a través de sus ojos para entender que en efecto, no hay ningún parecido. Dejo de cree que todos lo chinos son iguales.

Las artesanías entre Coras y Huicholes son de un gran colorido pero más que eso, conllevan elevados simbolismos vinculados a sus creencias, entorno y magia. Las reproducciones de animales son muy recurrentes, en especial la del jaguar. Pero en sus máscaras, bastante artísticas, hay predominancia de animales míticos, diablos y fauna de su localidad. Las flechas sagradas son adornadas con plumas de águila. También fabrican equípales ceremoniales; y una gran cantidad de accesorios personales como collares, pulseras y anillos.

Aurelia camina con paso lento, no hay prisas ni automóviles de qué cuidarse; le acompaña su chilpayate en todo momento y de vez en vez, lo retira del rebozo para amamantarlo.

Aurelia se casó a los 16 años bajo la tradición india, una boda de especial colorido y rituales poco convencionales, quizá por ello, el afamado pintor José Luis Cuevas eligió casarse también bajo la tradición Huichol con su mujer, Beatriz del Carmen Bazam.

Llegamos a la choza de Aurelia y su marido la espera impaciente como hace casi 20 años en que celebraron su boda, pero no son celos sino hambre lo que tiene impaciente al hombre, entonces Aurelia deja de ser la mujer líder de su comunidad para arrodillarse al fogón y empezar a palmear la masa para preparar las tortillas en tanto los frijoles se calientan y retira una cecina de la empalizada al frente de la choza, lá unica que comerán en la semana o quizá en un mes.

Sobre un petate cenamos y sobre ese mismo, habré de pasar la noche más confortable de mi vida entre sonidos para mí desconocidos mirando una inmensa luna que lo ilumina todo trayendo mensajes de voces conocidas, esas voces inimaginables para una mujer como Aurelia cuyo destino se teje día con día entre la montaña y sus bosques. Aurelia se levantará como siempre a las cinco de l mañana en que cante el gallo y saldrá por el agua hasta un manantial a casi un kilómetro de su choza para preparar té de canela y tejuino. A esa hora, me levantaré para preparar la salida y esperar la avioneta si el tiempo no se descompone y entonces tenga la dicha de quedarme en esta región mágica de México por un día más.

La vida de Aurelia y su sentido de la vida es una cuestión de amor.

gom@columnasur.org

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Dolores

Publicado en Relatos de Mujeres el 3 de Octubre, 2005, 1:26 por Guiyermo

Dolores


GUILLERMO OCHOA MONTALVO

Querida Ana Karen, Después de recorrer los cañaverales me queda esa amarga sensación de tanta miseria humana. En pleno Siglo XXI, donde se supone que el hombre ha logrado dominar con inteligencia, ciencia y tecnología a la Naturaleza misma, no ha logrado controlar ni siquiera, su propia naturaleza. La Naturaleza humana es indomable por perversa y pasional, entre los humanos jalan más dos tetas que cien carretas; entre los gobernantes pesan más las decisiones de alcoba que la razón y la justicia; seguimos siendo esclavos de las pasiones, los odios, el rencor, la venganza, los celos… el amor… el sexo…

Y Dolores, fue hábil para dominar las pasiones de Jerónimo, el esposo de Mercedes, quien encontraba en su mujer el prestigio social y en su amasia, el prestigio sexual. Dolores siempre envidió el talento de Mercedes, su capacidad de comprender las lecciones en la primaria. A diferencia de Dolores quien trataba de memorizar para pasar los exámenes, Mercedes comprendía cada frase, cada oración de sus libros para no olvidar jamás la lección bien aprendida. Por supuesto, esa capacidad de atención la hizo brillar siempre en los colegios, incluida la universidad, hasta que un día Jerónimo le absorbió los sesos, la atención y en ese laberinto sigue viajando la obesa Mercedes sin hijos y sin ilusiones.

Dolores nunca envidió la figura de Mercedes, sólo su talento, su inteligencia y esa facilidad de expresión que condujo a Mercedes a primeros lugares en oratoria. Dolores buscaba la atención de los hombres en sus contoneos, flirteaba hasta con los maestros con quien fue generosa para mostrar la piel; pero las letras, no eran lo suyo. Ágil para el baile, desentonada pero valiente para el canto, sensual y provocativa para vestir, talentosa para lanzar las redes del deseo, y sin duda alguna: diestra y siniestra en el sexo, Dolores supo obtener beneficios de su encanto y uno de ellos, fue la fortuna de Jerónimo.

Cuando Mercedes llegó a la vida de Jerónimo, éste lideraba a una flota de holgazanes en busca de la dirigencia regional de su organización campesina. Para Mercedes el intento de organizar sindicatos de jornaleros la motivó a estudiar derecho. Por allá, en 1971, la CNC se afanaba en crear los sindicatos de cortadores de caña para brindarles acceso a una vivienda digna mediante la participación del INDECO, a la salud a través del IMSS y a buena alimentación con el apoyo de la CONASUPO. De la misma forma, los sindicatos de jornaleros buscaban un pago justo al trabajo de quienes más se friegan la espalda, que son justamente los campesinos sin tierra.

De esos campesinos sin tierra que sí producen en el campo mexicano, Mercedes obtuvo la inspiración para estudiar la carrera de derecho y defender a esos parias golondrinos que viajan enormes distancias, de un lugar a otro, para sacarle fruto a la tierra dejando la vida en ese empeño.

Especializada en derecho agrario y laboral, Mercedes conoce en la fiesta de su madre a Jerónimo, su antiguo compañero de banca y ferviente admirador de su inteligencia. Jerónimo no tarda en conquistar a la gordita a quien le teje una red de palabrerías, de esas que constituyen el discurso del "amor" para enredarla en un mar de ilusiones y fantasías, esas maquinaciones que construyen ese estado obnubilado del espíritu llamado enamoramiento. Con tales artes, Jerónimo utilizó los conocimientos de Mercedes para acrecentar su poder y su dinero, pero nunca, para mejorar la situación de los cortadores de caña.

Mientras Mercedes peleaba por la defensa de los derechos laborales de los jornaleros y ganaba juicios en los tribunales, Jerónimo empleaba esos triunfos para negociar con el ingenio y la organización campesina, beneficios económicos y políticos, traicionando de esa manera todos los ideales que falsamente pregonaba.

A los dos años de casados, cuando la fortuna económica le sonreía a Jerónimo y su poder político empezaba a crecer, la Dolores se atraviesa en su vida con un derroche de seducción insalvable. La conoce en el bautizo de uno de esos cientos de niños a quienes los políticos pueblerinos suelen apadrinar sin ningún pudor movidos por el interés de los padres en busca de buenos compadres.

Ahí, en la fiesta estaba cantando la Dolores con su voz desafinada y aguardentosa, con su vestido escotado y su sonrisa devoradora. Ahí estaba seduciendo a Jerónimo el nuevo compadre de Bernabé. ¿Y sabes por qué Jerónimo accedió a bautizar al niño de Bernabé? Por una sencilla razón: Bernabé le vendió los terrenos ociosos a Jerónimo sin saber que ahí se levantaría una enorme construcción; por esos predios, la empresa pagaría una considerable cantidad de dinero muy superior a la obtenida por el pobre de Bernabé quien, estaba hasta agradecido con su compadre por haberle hecho ese favor para organizar la fiesta de bautizo de su primer vástago. La mitad del patrimonio de Bernabé se esfumaba en una fiesta de tres días.

Pues ahí estaba la Dolores, sin que nada le doliera en verdad y fue Bernabé quien los presentó.

—Dolores, este es mi compadre; un cabrón a toda reata, este macho no se raja ni se abre y es a toda madre…. Te lo presento porque es cumplidor y quiero que me lo trates bien… ¡que es mi compadre!

La Dolores, le lanzó una mirada condescendiente cargada de cierta complicidad; cruzó la pierna lentamente con la vista fija en los ojos de Jerónimo, distraídos a su vez, en otras geografías.

—Yo lo conozco bien. Fuimos compañeros en la primaria; pero no sé si el señor me recuerde, respondió desbordando sensualidad la Dolores.

Jerónimo también la recordaba pero prefirió fingir un poco de demencia. No quiso meterse en camisa de once varas. Cómo explicar que la conoció íntimamente en los baños de la escuela donde ella se dejaba acariciar a cambio de alguna golosina. Cómo explicar que solía meterse por las noches entre sus piernas para chuparle los jugos a una niña de 11 años. Ciertamente, ambos eran niños, pero no dejaba de abochornarle aquella experiencia infantil y aparentó no recordarla.

La familia de Dolores había cambiado de residencia a un ejido cercano al salir ella de la primaria y desde entonces, sus compañeros dejaron de frecuentarla y sus amistades se renovaron. Jerónimo no separa la vista de sus piernas ni de sus senos que respiraban el cálido aire de la noche. Tres o cuatro tragos de aguardiente fueron suficientes para reconocerse nuevamente. Bailaron, recordaron sus travesuras de infancia, se acariciaron furtivamente y en un descuido, se fugaron de la fiesta hacia los cañaverales recién cortados.

Ahí, tumbados entre la maleza, los sorprendió la luz de la mañana. Un año después, Jerónimo bautizaba a su hijo en la misma ranchería haciéndose pasar como el compadre de la Dolores. Más tarde, con los ahorros comprometidos para construirle la casa de material a Mercedes, terminó por levantársela a Dolores y sus dos hijos.

La fortuna de Jerónimo se diluyó en un santiamén. Ambos derrocharon en viajes, borracheras, paseos, fiestas y ropa, mucha ropa para vestir como vedette a la Dolores. Viajaron repetidas veces a la ciudad de México en donde Dolores se ajuaraba de pies a cabeza. Con el pretexto de atender asuntos de la organización campesina, Jerónimo abandonaba por días o semanas la casa de Mercedes mientras ella como Penélope costeña, seguía esperando a su hombre al umbral de su choza tejiendo y destejiendo los sueños de justicia social que poco a poco se desvanecían bajo el cementerio de la realidad.

Mira Ana Karen, dirás que esa mujer es una taruga sumisa o su mensa; dirás que cómo me atrevo a sostener que se trata de alguien con talento e inteligencia, pero es verdad, el talento y la misma inteligencia sucumbe ante las pasiones y las emociones sin control. Convierte a la gente en marionetas y la razón de la sinrazón es sólo comprensible bajo la lupa de la pasión, sólo desde ahí es posible tratar de entender lo incomprensible a la razón.

Jerónimo sigue presumiendo humildad como dirigente y cuando le conviene acude a su casa con Mercedes para alardear de líder incorruptible, sencillo y humilde, se jacta de habitar en una choza de bajareque y palma como lo dictan sus ideales "porque un líder campesino debe predicar con el ejemplo", dice muy ufano. Pero el sol no se oculta con un dedo y es secreto a voces que su "casa chica" no es la de Dolores quien habita una casa palaciega para ese pueblo, sino la de Mercedes quien con inexplicable estoismo soporta los engaños de su marido sin reclamo ni chantaje. Condición de la mujer mexicana por desgracia.

Dolores, después de 20 años de relación con Jerónimo lo sigue tratando de compadre, ninguno de los dos reconoce la relación abiertamente y se limitan a ejercer aquel viejo refrán de "compadre que no se tira a la comadre, no es compadre". Los cercanos a Jerónimo disimulan sin atreverse a cuestionar algo que es cotidiano en los pueblos e incluso en las ciudades; la bigamia no es permitida pero sí tolerada hasta con una carga de prestigio viril; y el poder del cuerpo aquí, se ejercen con lujo y con lujuria.

Dolores abandonó los estudios tan pronto concluyó sus seis años rigurosos de primaria; siempre creyó que las escuelas en el mundo eran como las de su pueblo: aulas improvisadas de lámina, techos de cartón, pupitres de piedra, pizarrones de desecho, maestros que imparten clases en dos o tres grados a la vez, y eso, cuando asisten a la escuela rural que les queda lejana y poco accesible como a los propios alumnos.

Dolores salió de su pueblo hasta cumplir los 27 años en 1982 para ser exactos. Fue cuando la invitó un diputado a conocer Tuxtla Gutiérrez y aquella ciudad le pareció fascinante. A su pueblo, la televisión llegó tardíamente. Imagínate, si en Tapachula que es una ciudad importante, la televisión llegó en 1969, en estas rancherías ni siquiera se hablaba de ella en los años ochenta. Claro que ahora hasta la más humilde choza cuenta con Ski o con sistemas satelitales similares.

Dolores quedó deslumbrada con la gran ciudad, sus tiendas y restaurantes adonde la condujo suavemente el diputado hasta obtener de ella sus favores; generosa dádiva de piel que Dolores otorgaba a cambio de ese mundo nuevo a sus sentidos. Entonces se sintió importante, lució la ropa que el diputado le compraba sin remilgo alguno. El diputado nutrió sus fantasías de gran señora tocando la fibra sensible de la vanidad y la ambición femenina.

Durante casi tres años que le duró el cargo al diputado ese, Dolores permaneció como su "asistente" y compañera de juerga. Vivieron en Tuxtla durante un tiempo sin que la esposa del diputado sospechara de esa relación. La lucía entre sus compañeros y en alguna ocasión hasta la negoció a cambio de alguna prebenda. A los machos mexicanos les gustan la mujeres alegres en público y las serias y decentes metidas en su casa. La Dolores era el objeto codiciable por los hombres que el diputado ostentaba como propio para envidia de los demás, como parte de su poder… Y la Dolores se dejaba querer de esa manera.

Al concluir su gestión como legislador en 1985, el diputado regresa a Dolores para su casa. Unos días después, la Dolores se encuentra con Jerónimo y con la inmanencia del poder. Supo entonces, que un hombre así no se le volvería a escapar y con el despliegue de sus encantos, logró retenerlo.

La Dolores buscó a Jerónimo dos meses después para informarle que aquel arrebato en el cañaveral tendría nombre pero no apellido. Jerónimo se deshizo en explicaciones para hacerle entender que su carrera política correría peligro si desataban algún escándalo en ese momento; le prometió hacerse cargo de la criatura, bautizarlo y mantenerlos como Dios manda, pero con discreción. Jerónimo le prometió que en cuanto los asuntos estuvieran arreglados, el se encargaría de buscar el divorcio y se casaría con ella. Le prometió las perlas de la virgen y Dolores accedió.

—¿Por qué serán tan pendejas las mujeres que todo nos creen?, le comentaba Jerónimo a su compadre al ufanarse de su engaño. —¿En verdad creerá esta perra, que voy a casarme con ella?

Pasaron los años y Jerónimo cumplió su palabra de mantener a las dos criaturas; se hizo cargo de construirle la casa y pagarle sendos viajes para visitar a sus tías en Tuxtla Gutiérrez y en México adonde diligente y puntualmente, asistía la Dolores cada mes a entrevistarse íntimamente con aquel diputado que nunca dejó de disfrutar de sus encantos.

—¿Por qué serán tan pendejos los hombres que hasta mantienen como propios a los hijos del otro?, le preguntaba la Dolores a su diputado, mientras tendidos en la cama fumaban y planeaban en qué gastar el resto del dinero de Jerónimo.

Mercedes

Publicado en Relatos de Mujeres el 2 de Octubre, 2005, 15:43 por Guiyermo

Mercedes


GUILLERMO OCHOA MONTALVO

Querida Ana Karen, No sé hace cuánto tiempo envié la última carta manuscrita. De seguro, ya pasaron muchos años, tantos que ni siquiera podría recordar a quien se la pude haber dirigido. Por eso te dedico estas líneas de mi puño y letra, como dijera la abuela. De alguna forma, sabrás descifrar los caracteres en scrip, con los cuales aprendí a leer y escribir, hoy en desuso en la mayoría de las escuelas.

Aquí, en este apartado pueblo de Chiapas, cuyo nombre ni siquiera aparece en el mapa, el tiempo fluye lento entre sus calles polvorosas y sus casas de bajareque; llueve calor, fuego y cenizas, que anuncian la quema de la caña. Este domingo desperté a las cinco de la mañana con el canto del gallo y el trinar de cientos de pajarillos multicolores; de seguro, muchos de ellos, cenicientos por la zafra.

Mercedes, una mujer obesa por naturaleza, me trajo café hasta la hamaca donde permanecí en duermevela sufriendo el calor de esta región donde ni los huracanes son capaces de refrescar el ambiente, pasé la noche mirando a tarvés de la paja el cielo encapotado y sintiendo las gotas de la llovizna caer sobre mi rostro. Con amabilidad, me tendió el pocillo de peltre quedándose para sí, con el de barro.

—Si no le molesta, preferiría el de barro, lo dije con sinceridad por el sabor que suele tomar el café con canela y piloncillo dentro del barro.

—De ninguna manera. Usted es el invitado y su taza es la de lujo, me dijo refiriéndose al pocillo de peltre. Conociendo la buena intención de la doña, no tuve más remedio que aceptar ese material que nuca fue de mi agrado. Hasta la pequeña habitación en penumbras, llegaba un aroma a café mezclado con el de la caña que hervía en el trapiche desde las primeras horas de la madrugada. Ese aroma me despertó con una sonrisa y el alma más ligera.

Mercedes, asentó toda su humanidad sobre una débil silla de plástico que parecía sufrir con aquella mujer voluminosa. Por amabilidad, quiso acompañarme con el primer café de la mañana, y yo se lo agradecí.

— ¿Durmió bien?, me preguntó por decir algo.

—En verdad, el calor es insufrible y nunca logro escapar de las pequeñas arañas; además, en esta época, las abejitas de miel y las palomas de San Juan han invadido toda la habitación dejando sus alas en todas partes para convertirse luego en polilla. A cada sitio adonde llego, las arañas me brindan la bienvenida dejando sus huellas en mi piel y luego tremendas ronchas que de ninguna manera son peligrosas pero no dejan de ser molestas, le comenté mientras le mostraba los piquetes de la noche.

—¡Qué pena!, pero en la costa así se vive a diario, y uno debe acostumbrarse. Mi santo abuelo, que ni era tan santo y ni siquiera mi verdadero abuelo, decía que en este pueblo sólo podría vivirse estando loco o borracho. Y quizá por eso murió de cirrosis hepática. Pero no se preocupe, ya se acostumbrará, cuando no son los mosquitos, son los zompopos y ¡vaya que hay más de cien variedades de hormigas!, ya se acostumbrará a los bichos, que son muchos y diferentes. —la doña sorbe los últimos tragos de su café, se levanta a servirse de nuevo y continúa su historia desde la otra habitación.

—¿Sabe? Cuando era chica mi mayor ilusión fue salir de este pueblo, así que estudié primero aquí y luego continué en Tapachula. Soñaba con ser administradora para trabajar en el ingenio o con ser abogada para defender los derechos de los cañeros a quienes tanto explota el ingenio, el gobierno y las organizaciones. Así que me fui a la capital con una mi tía muy catrina ella. Entre que me agarró de su sirvienta y me dejaba ir a la escuela, terminé la carrera dando clases como suplente de un excelente maestro. Ejercí en su despacho dos años y la muy burra de mí, me regresé al pueblo al cumpleaños de mi madre en 1983 y en esa fiesta me picó el mosquito del amor. Conocí a Jerónimo, que era entonces el mero mero líder de los cañeros y pues me deslumbró con su poder, pero también, la fantasía de hacer realidad mi sueño y creí que juntos podíamos mejorar al pueblo…., — a Mercedes, de pronto se le quiebra la voz y deja de hablar desde la habitación contigua.

—¿Y luego? Que sucedió, le pregunto realmente interesado en esa historia.

Mercedes se acerca con más café con piloncillo y una raja de canela, se sienta nuevamente en esa silla que no parece aguantar tanto peso y coloca su taza sobre una caja de madera. Trato de verla fijamente a los ojos pero su mirada es esquiva y ahora se coloca el cabello sobre la frente. Quisiera saber si toda la vida fue gorda pero ella misma se anticipa a la pregunta.

— Nunca tuve una figura de modelo, pero desde que regresé de México empecé a heredar a la familia de mi madre, juchitecas, todas ellas y vea de qué tamaño me puse, — y me sonríe abiertamente con un rictus, entre burla y dolor. Trato de adivinar inutilmente su historia.

—Cuando regresé de México venía muy envalentonada después de conocer los movimientos estudiantiles de 1971 y una de joven, siempre cree que puede cambiar el mundo. Así que cuando conocí a Jerónimo creí que al fin la revolución nos haría justicia luchando a favor de los cañeros y los campesinos; ¡pero que locura!, si no hay campesino más huevón que el cañero. A las primeras de cambio, me desilusioné y empecé a tragar con voracidad hasta quedar echa una marrana…. —Mercedes, se levanta sin decir más. La veo enjugarse los ojos con el delantal y salir al patio de su casa a cortar un poco de manzanilla.

Sorbo el café con la mirada sobre el techo de palma y así pasó varios minutos en la vaga contemplación de esas figuras caprichosas que la hueva suele crear, como dice José Luis Castillejos. Pero este ejercicio lúdico de la imaginación no es hueva sino depresión, un poco de agotamiento y bastante hastío. Cierto, el hastió y la depre, son primos hermanos de la hueva, al fin y al cabo. Trato de no caer en la pesada labor de levantarme y de un salto empiezo con una rutina compulsiva. Acomodo la hamaca sobre la triste pared de bejucos humedecidos. Trato de poner un poco de orden a mi ropa desperdigada por toda la habitación. Soy expansivo al apropiarme del espacio y termino por dejar las cosas regadas por todas partes. Pero aquí no hay mucho espacio para darme ese lujo.

Israel prometió pasar por mí alrededor de las siete de la mañana para visitar los cañaverales y algunos trapiches. Cuando pienso en los trapiches, me es imposible, no asociarlo al recuerdo de Ra, el pequeño hijo de una amiga que murió al caer entre las mieles ardientes.

—Mercedes, ¿me puede decir dónde puedo bañarme?, le pregunto con el temor de que me mande al río.

—Es mejor bañarse a mediodía cuando el agua está tibia, pero si quiere hacerlo ahora, le enciendo la bomba del pozo y el baño está ahí afuera... —responde al tiempo en que se dirige a encender la bomba.

—¿Y cuanto lleva aquí en el pueblo?, le pregunto con curiosidad morbosa.

—Pues cerca de 25 años, toda una vida… una vida desperdiciada, ¿verdad? ¡Imagínese! Una de mis compañera es ahora Senadora de la República; otra, se casó con el maestro y dueño del despacho de abogados; otras tres viven en Francia…, — suspira Mercedes—, y yo aquí encendiendo una bomba para poder tomar un baño de agua fría…, cortando hortalizas y matando gallinas… esta no es la vida que deseaba. Ni siquiera tengo hijos con quienes justificar mi triste existencia.

La veo moverse de un lado a otro con cierta pereza. Cuando Israel me alojó con Mercedes, me advirtió que la dejara hablar sin hacerle preguntas, pero a estas alturas de su historia no puedo contener la curiosidad de saber por qué una universitaria quien no para de leer tuvo que permanecer en este pueblo dejado de la mano de dios.

—¿Pero por qué no ejerció su carrera de abogada?, le pregunto abiertamente.

La mujer se sienta nuevamente, toma la falda entre sus manos sumiéndola entre sus piernas gordas. Se mece sobre sí misma antes de responder.

—Ejercí un tiempo tratando de obtener un trato justo para los cortadores de caña y mi presión sólo sirvió para que Jerónimo negociara mejores condiciones económicas con el ingenio y con la organización campesina; vendió el movimiento, sacó buena tajada de eso; hasta se consiguió una amante a quien mantuvo cerca de 10 años sin que yo lo supiera, hasta que un día se presentó uno de sus hijos a reclamarle dinero. Él no sabe que conozco su historia y a sus hijos. Pero le decía, los ejidatarios de la caña no quisieron hacer nada por los cortadores ni por ellos mismos, su trabajo es acomodarse en la hamaca y esperar el cheque que les mandan y si no llega, recurren al préstamo del ingenio quien les adelanta dinero y luego les hace las cuentas del gran capitán, pero así es la flojera y prefieren estar mal pagados que ponerse a trabajar en serio. Claro que aquí, obtener unos 15 mil pesos al mes es muy buen dinero, que gastan de inmediato en camionetas, borracheras, mujeres, juego y ya ve… las casas siguen igual de jodidas.

—¿Y por qué no lo dejó?, le pregunto intrigado.

—Los primeros años fueron de lucha, luego murió mi padre y tuve que hacerme cargo de mi madre. Más tarde, una se conforma con un poco de sexo al que se le confunde con el amor y se le adereza con la ilusión de que todo habrá de mejorar y cambiar algún día… hasta que te das cuenta que ese día empieza a ser demasiado tarde y las arrugas te lo gritan cada mañana frente al espejo… No pudimos tener hijos y supongo que fui yo quien está seca, pues él tiene dos con la otra mujer… No lo culpo, ella no es tan obesa como yo aunque es una arpía ignorante, pero así les agrada a los hombres: mujeres buenas pa’la cama que no piensen ni opinen…

Mercedes se limpia el sudor de la frente con su propio vestido. Camina hacia una caja de madera de donde extrae algunos papeles; los revisa hasta encontrar un legajo cocido al estilo de los expedientes de los juzgados.

—Antes de bañarse, lea esto.

Durante casi una hora leo las fojas de aquel documento donde narra la historia del ejido, sus líderes y gente. En él detalla las condiciones infrahumanas en que son tratados los cortadores de caña; el abuso del que son objeto al no contabilizárseles los surcos cortados de manera correcta; la carencia de servicios médicos, la presencia de talladores de baraja y vendedores de alcohol y carne cada día de raya. Ahí narra cómo el ingenio les cobra fletes indebidos y les añade cuentas indebidas a la hora de liquidar a los ejidatarios. Habla de los líderes que se coluden con autoridades y empresarios, de atrocidades y muertes no esclarecidas…

—Entiende ahora ¿Por qué dejé de litigar y de luchar por esa gente que nunca comprenderá que es mejor aprender a trabajar que vivir como parásitos?

—Si, la comprendo, ¿pero no ha caído usted misma en lo que juzga como indolencia, apatía y flojera en los otros?, le pregunto.

—Cuando usted permanezca aquí un mes, quiero que me lo vuelva a preguntar. Por ahora, es mejor que salga a bañarse antes que empiecen a caer las cenizas. Por cierto, ¿ha sentido alguna vez esa necesidad de huir de un lugar y de permanecer en ese sitio al mismo tiempo?

Mercedes salé de la habitación y me quedo con su pregunta dándome vueltas en la mente. Eso es justo lo que siento en este instante…

GUILLERMO OCHOA MONTALVO

Querida Ana Karen, No sé hace cuánto tiempo envié la última carta manuscrita. De seguro, ya pasaron muchos años, tantos que ni siquiera podría recordar a quien se la pude haber dirigido. Por eso te dedico estas líneas de mi puño y letra, como dijera la abuela. De alguna forma, sabrás descifrar los caracteres en scrip, con los cuales aprendí a leer y escribir, hoy en desuso en la mayoría de las escuelas.

Aquí, en este apartado pueblo de Chiapas, cuyo nombre ni siquiera aparece en el mapa, el tiempo fluye lento entre sus calles polvorosas y sus casas de bajareque; llueve calor, fuego y cenizas, que anuncian la quema de la caña. Este domingo desperté a las cinco de la mañana con el canto del gallo y el trinar de cientos de pajarillos multicolores; de seguro, muchos de ellos, cenicientos por la zafra.

Mercedes, una mujer obesa por naturaleza, me trajo café hasta la hamaca donde permanecí en duermevela sufriendo el calor de esta región donde ni los huracanes son capaces de refrescar el ambiente, pasé la noche mirando a tarvés de la paja el cielo encapotado y sintiendo las gotas de la llovizna caer sobre mi rostro. Con amabilidad, me tendió el pocillo de peltre quedándose para sí, con el de barro.

—Si no le molesta, preferiría el de barro, lo dije con sinceridad por el sabor que suele tomar el café con canela y piloncillo dentro del barro.

—De ninguna manera. Usted es el invitado y su taza es la de lujo, me dijo refiriéndose al pocillo de peltre. Conociendo la buena intención de la doña, no tuve más remedio que aceptar ese material que nuca fue de mi agrado. Hasta la pequeña habitación en penumbras, llegaba un aroma a café mezclado con el de la caña que hervía en el trapiche desde las primeras horas de la madrugada. Ese aroma me despertó con una sonrisa y el alma más ligera.

Mercedes, asentó toda su humanidad sobre una débil silla de plástico que parecía sufrir con aquella mujer voluminosa. Por amabilidad, quiso acompañarme con el primer café de la mañana, y yo se lo agradecí.

— ¿Durmió bien?, me preguntó por decir algo.

—En verdad, el calor es insufrible y nunca logro escapar de las pequeñas arañas; además, en esta época, las abejitas de miel y las palomas de San Juan han invadido toda la habitación dejando sus alas en todas partes para convertirse luego en polilla. A cada sitio adonde llego, las arañas me brindan la bienvenida dejando sus huellas en mi piel y luego tremendas ronchas que de ninguna manera son peligrosas pero no dejan de ser molestas, le comenté mientras le mostraba los piquetes de la noche.

—¡Qué pena!, pero en la costa así se vive a diario, y uno debe acostumbrarse. Mi santo abuelo, que ni era tan santo y ni siquiera mi verdadero abuelo, decía que en este pueblo sólo podría vivirse estando loco o borracho. Y quizá por eso murió de cirrosis hepática. Pero no se preocupe, ya se acostumbrará, cuando no son los mosquitos, son los zompopos y ¡vaya que hay más de cien variedades de hormigas!, ya se acostumbrará a los bichos, que son muchos y diferentes. —la doña sorbe los últimos tragos de su café, se levanta a servirse de nuevo y continúa su historia desde la otra habitación.

—¿Sabe? Cuando era chica mi mayor ilusión fue salir de este pueblo, así que estudié primero aquí y luego continué en Tapachula. Soñaba con ser administradora para trabajar en el ingenio o con ser abogada para defender los derechos de los cañeros a quienes tanto explota el ingenio, el gobierno y las organizaciones. Así que me fui a la capital con una mi tía muy catrina ella. Entre que me agarró de su sirvienta y me dejaba ir a la escuela, terminé la carrera dando clases como suplente de un excelente maestro. Ejercí en su despacho dos años y la muy burra de mí, me regresé al pueblo al cumpleaños de mi madre en 1983 y en esa fiesta me picó el mosquito del amor. Conocí a Jerónimo, que era entonces el mero mero líder de los cañeros y pues me deslumbró con su poder, pero también, la fantasía de hacer realidad mi sueño y creí que juntos podíamos mejorar al pueblo…., — a Mercedes, de pronto se le quiebra la voz y deja de hablar desde la habitación contigua.

—¿Y luego? Que sucedió, le pregunto realmente interesado en esa historia.

Mercedes se acerca con más café con piloncillo y una raja de canela, se sienta nuevamente en esa silla que no parece aguantar tanto peso y coloca su taza sobre una caja de madera. Trato de verla fijamente a los ojos pero su mirada es esquiva y ahora se coloca el cabello sobre la frente. Quisiera saber si toda la vida fue gorda pero ella misma se anticipa a la pregunta.

— Nunca tuve una figura de modelo, pero desde que regresé de México empecé a heredar a la familia de mi madre, juchitecas, todas ellas y vea de qué tamaño me puse, — y me sonríe abiertamente con un rictus, entre burla y dolor. Trato de adivinar inutilmente su historia.

—Cuando regresé de México venía muy envalentonada después de conocer los movimientos estudiantiles de 1971 y una de joven, siempre cree que puede cambiar el mundo. Así que cuando conocí a Jerónimo creí que al fin la revolución nos haría justicia luchando a favor de los cañeros y los campesinos; ¡pero que locura!, si no hay campesino más huevón que el cañero. A las primeras de cambio, me desilusioné y empecé a tragar con voracidad hasta quedar echa una marrana…. —Mercedes, se levanta sin decir más. La veo enjugarse los ojos con el delantal y salir al patio de su casa a cortar un poco de manzanilla.

Sorbo el café con la mirada sobre el techo de palma y así pasó varios minutos en la vaga contemplación de esas figuras caprichosas que la hueva suele crear, como dice José Luis Castillejos. Pero este ejercicio lúdico de la imaginación no es hueva sino depresión, un poco de agotamiento y bastante hastío. Cierto, el hastió y la depre, son primos hermanos de la hueva, al fin y al cabo. Trato de no caer en la pesada labor de levantarme y de un salto empiezo con una rutina compulsiva. Acomodo la hamaca sobre la triste pared de bejucos humedecidos. Trato de poner un poco de orden a mi ropa desperdigada por toda la habitación. Soy expansivo al apropiarme del espacio y termino por dejar las cosas regadas por todas partes. Pero aquí no hay mucho espacio para darme ese lujo.

Israel prometió pasar por mí alrededor de las siete de la mañana para visitar los cañaverales y algunos trapiches. Cuando pienso en los trapiches, me es imposible, no asociarlo al recuerdo de Ra, el pequeño hijo de una amiga que murió al caer entre las mieles ardientes.

—Mercedes, ¿me puede decir dónde puedo bañarme?, le pregunto con el temor de que me mande al río.

—Es mejor bañarse a mediodía cuando el agua está tibia, pero si quiere hacerlo ahora, le enciendo la bomba del pozo y el baño está ahí afuera... —responde al tiempo en que se dirige a encender la bomba.

—¿Y cuanto lleva aquí en el pueblo?, le pregunto con curiosidad morbosa.

—Pues cerca de 25 años, toda una vida… una vida desperdiciada, ¿verdad? ¡Imagínese! Una de mis compañera es ahora Senadora de la República; otra, se casó con el maestro y dueño del despacho de abogados; otras tres viven en Francia…, — suspira Mercedes—, y yo aquí encendiendo una bomba para poder tomar un baño de agua fría…, cortando hortalizas y matando gallinas… esta no es la vida que deseaba. Ni siquiera tengo hijos con quienes justificar mi triste existencia.

La veo moverse de un lado a otro con cierta pereza. Cuando Israel me alojó con Mercedes, me advirtió que la dejara hablar sin hacerle preguntas, pero a estas alturas de su historia no puedo contener la curiosidad de saber por qué una universitaria quien no para de leer tuvo que permanecer en este pueblo dejado de la mano de dios.

—¿Pero por qué no ejerció su carrera de abogada?, le pregunto abiertamente.

La mujer se sienta nuevamente, toma la falda entre sus manos sumiéndola entre sus piernas gordas. Se mece sobre sí misma antes de responder.

—Ejercí un tiempo tratando de obtener un trato justo para los cortadores de caña y mi presión sólo sirvió para que Jerónimo negociara mejores condiciones económicas con el ingenio y con la organización campesina; vendió el movimiento, sacó buena tajada de eso; hasta se consiguió una amante a quien mantuvo cerca de 10 años sin que yo lo supiera, hasta que un día se presentó uno de sus hijos a reclamarle dinero. Él no sabe que conozco su historia y a sus hijos. Pero le decía, los ejidatarios de la caña no quisieron hacer nada por los cortadores ni por ellos mismos, su trabajo es acomodarse en la hamaca y esperar el cheque que les mandan y si no llega, recurren al préstamo del ingenio quien les adelanta dinero y luego les hace las cuentas del gran capitán, pero así es la flojera y prefieren estar mal pagados que ponerse a trabajar en serio. Claro que aquí, obtener unos 15 mil pesos al mes es muy buen dinero, que gastan de inmediato en camionetas, borracheras, mujeres, juego y ya ve… las casas siguen igual de jodidas.

—¿Y por qué no lo dejó?, le pregunto intrigado.

—Los primeros años fueron de lucha, luego murió mi padre y tuve que hacerme cargo de mi madre. Más tarde, una se conforma con un poco de sexo al que se le confunde con el amor y se le adereza con la ilusión de que todo habrá de mejorar y cambiar algún día… hasta que te das cuenta que ese día empieza a ser demasiado tarde y las arrugas te lo gritan cada mañana frente al espejo… No pudimos tener hijos y supongo que fui yo quien está seca, pues él tiene dos con la otra mujer… No lo culpo, ella no es tan obesa como yo aunque es una arpía ignorante, pero así les agrada a los hombres: mujeres buenas pa’la cama que no piensen ni opinen…

Mercedes se limpia el sudor de la frente con su propio vestido. Camina hacia una caja de madera de donde extrae algunos papeles; los revisa hasta encontrar un legajo cocido al estilo de los expedientes de los juzgados.

—Antes de bañarse, lea esto.

Durante casi una hora leo las fojas de aquel documento donde narra la historia del ejido, sus líderes y gente. En él detalla las condiciones infrahumanas en que son tratados los cortadores de caña; el abuso del que son objeto al no contabilizárseles los surcos cortados de manera correcta; la carencia de servicios médicos, la presencia de talladores de baraja y vendedores de alcohol y carne cada día de raya. Ahí narra cómo el ingenio les cobra fletes indebidos y les añade cuentas indebidas a la hora de liquidar a los ejidatarios. Habla de los líderes que se coluden con autoridades y empresarios, de atrocidades y muertes no esclarecidas…

—Entiende ahora ¿Por qué dejé de litigar y de luchar por esa gente que nunca comprenderá que es mejor aprender a trabajar que vivir como parásitos?

—Si, la comprendo, ¿pero no ha caído usted misma en lo que juzga como indolencia, apatía y flojera en los otros?, le pregunto.

—Cuando usted permanezca aquí un mes, quiero que me lo vuelva a preguntar. Por ahora, es mejor que salga a bañarse antes que empiecen a caer las cenizas. Por cierto, ¿ha sentido alguna vez esa necesidad de huir de un lugar y de permanecer en ese sitio al mismo tiempo?

Mercedes salé de la habitación y me quedo con su pregunta dándome vueltas en la mente. Eso es justo lo que siento en este instante…

Ivonne

Publicado en Relatos de Mujeres el 1 de Octubre, 2005, 3:53 por Guiyermo

Ivonne
Segunda parte


GUILLERMO OCHOA MONTALVO


Querida Ana Karen, recuerdo vagamente las palabras de don Jesús Reyes Heroles: “… y para mis enemigos, simplemente el peso de la ley”. Ivonne, lo vivió en carne propia. Diez años de prisión, le costaría un error convertido en delito por el mayor de sus enemigos. Y con mucha serenidad me dice Ivonne: “En este país la misma ley sirve para refundirte en la cárcel o para sacarte de ella; la pobreza, la venganza o la torpeza son los principales motivos por los cuales la gente se encuentra en
prisión; los verdaderos criminales, siguen libres”.

La encontré cruzando el río de Tuxpan hacia Santiago de la Peña en una lancha colectiva. Hurgaba entre su monedero en busca de algunas monedas cuando descubrí debajo de sus inconfundibles pómulos los hoyuelos característicos en sus mejillas, ahora marchitas por el tiempo. La dejé de ver hace 35 años cuando ella cumplía 23 y lo festejaba con sus hijas en una fiesta de cumpleaños, donde conoció al primo de mi amigo, suceso que cambió su vida, historia de la cual fui ajeno hasta ahora en que ella me lo platica.

Ivonne fue la niña de quien todos se enamoran. Vivía con su madre y su avara abuela un piso debajo del nuestro en una colonia residencial de la ciudad de Mexico, en aquella época. Su departamento era como un museo de souvenir, de muebles antiguos, gobelinos, fotografías gastadas, objetos empolvados y decrépitos donde el tiempo se detuvo en la juventud de su abuela. Su madre se la pasaba entre la oficina burocrática y jugando solitarios con las cartas sobre la cama hasta el anochecer. Una vida lineal, monótona, apenas interrumpida por sus clases en un buen colegio de paga.

A su padre jamás le conocí y ella tampoco. Tanto su abuela como su madre fueron madres solteras. Su tía, hermana de su madre, corrió con mejor suerte y casó con un militar veracruzano de elevado rango, prominente entre los políticos civiles de primer nivel que tomaron el poder en México al término de la Segunda Guerra Mundial. Era la familia rica de Ivonne con quien viajábamos cada año a sus ranchos en el estado de Veracruz. Pero a ella no la recuerdo en aquellos paseos de verano entre caballos, vacas, carretas y playas. Tampoco la recuerdo en el patio del edificio jugando con el resto de los niños. La mantengo en la mente como a una hermosa niña taciturna.

Y sí la recuerdo un poco más grande, quizá a los 13 años, besándose en la azotea del edificio con Alejandro, otro de nuestros vecinos, hijo también de madre soltera y abuela avara. La recuerdo acompañando al grupo de rock durante los ensayos en casa del niño rico que tanto la cortejaba. Ivonne conoció los placeres de su cuerpo a los 13 años y se embarazó a los 15. Pero ninguno de los amigos del barrio fue el padre de su criatura.

Por las tardes, cuando su madre dormía, Ivonne se escabullía hacia el tercer piso para darse cita con Alejandro, un chico dos años mayor, que ella, quien ya estudiaba en la preparatoria. Ambos sintieron el despertar de su sexo juntos y sin mayor conocimiento, que el instinto. Ambos vivían un romance sin esencia ni trascendencia. Era el llamado de la carne, la sangre ardiente, la necesidad imperiosa de sacarse las ganas, sólo eso. Juegos y fuegos de adolescencia.

A uno de eso encuentros llegó un compañero de prepa de Alejandro llamado Sebastián, para compartir a la niña en los juegos sexuales, pero esa vez, no lo hizo. En cambio, nació entre ellos una profunda atracción que con el tiempo se convertiría en la mayor de las pasiones y sufrimientos de Ivonne. A partir de ese día, Ivonne regresaba al departamento de Alejandro para platicarle de sus avances con su amigo. Toda su atención se concentró en Sebastián a quien miraba cada tarde, a través de la ventana, tomar su camión para acudir a la preparatoria. Ivonne se sentía atraída y Sebastián, le correspondía.

Una tarde, Ivonne salió a hurtadillas de su casa para encontrarse con Sebastián, cruzaron la calle hacia el bosque de Chapultepec  y al pie del cerro se tumbaron como dos sedientos enamorados. Las manos de Sebastián recorrieron el púber cuerpo de aquella niña llena de sueños sin brújula alguna para alcanzarlos. Entre besos y caricias, Ivonne se tendió sobre el pasto para dejarse poseer por el príncipe de su calle. Ambos tejieron promesas y se juraron amor eterno. Algo más allá que el deseo, los unía; algo indestructible nacía en ese momento de entrega apasionada.

Los padres de Sebastián convencieron a Ivonne y a su madre para que lo dejaran terminar sus estudios antes de hacerse cargo de la criatura que ya venía en camino. A Ivonne la mandaron a uno de los ranchos veracruzanos a esperar la llegada de la anhelada cigüeña y ahí parió a su primera hija.

De regreso a México, Sebastián quiso conocer a su hija. Una beba rubia tan hermosa como la madre. En el reencuentro, Ivonne le entregó una caja llena de piedrecillas del río donde había escrito un pensamiento en cada una de ellas. Sebastián la estrechó en un largo abrazo aquella noche celebrando al amor, a la niña y su ingreso a la universidad. “Cuatro años pasan rápido”, le decía Sebastián. “Un día es mucho tiempo sin ti”, le respondía Ivonne. Y Sebastián la callaba con un prolongado beso.

Dos meses después del reencuentro, Ivonne regresaba al racho a esperar a su segundo bebé. En una de las interminables cartas, Ivonne le escribía a Sebastián: “Tenme confianza, aquí no hay nadie ni nada que distraiga mi pensamiento en ti y en la pequeña Paola. Quisiera estar a tu lado, pero no me acuses de cosas sin sentido ni tengas pensamientos malos, que yo te extraño y te seguiré amando por siempre…”

Así, mientras en Ivonne había motivos para inflamar aquella pasión, en Sebastián la distancia y el contacto con nuevas caras en la universidad, enfriaban aquel sentimiento. Una compañera de la carrera logró disuadirlo de visitar a Ivonne durante las vacaciones invitándolo a la casa de campo de sus padres en Cocoyoc. Ahí, ante la familia, Angélica lo presentó como su novio. Sebastián se sintió halagado y guardó silencio. Los padres de la chica lo aceptaron con beneplácito tanto por su carácter como por esa facilidad con que Sebastián solía conquistar la simpatía de las personas. “Inteligente, simpático y guapo, te sacaste la lotería m‘hijta”, comentaba la abuela de la chica.

Al nacer la segunda hija de Ivonne, Sebastián acudió a Jalapa donde fue atendida. A la tercera noche él se despidió y no volvió a verla sino tres meses después en un ardiente encuentro donde se juraron reunirse al siguiente año para siempre, terminara o no la carrera, ya que él había conseguido una buena posición en un despacho de constructores donde estaba aprendiendo más que en la universidad.

Ese despacho de arquitectos era del padre de Angélica quien lo veía como agrado y una buena inversión para su hija. Cuando Sebastián se unía en matrimonio con Angélica, en Córdoba nacía su tercera hija sin saberlo siquiera. Ivonne no quiso avisarle hasta darle la sorpresa. Sin embargo, Sebastián no quiso aceptar aquella paternidad y repudió a Ivonne.

Con 18 años de edad y tres hijas, Ivonne regresa a casa de su madre en la ciudad de  México. Donde obtiene un buen trabajo de burócrata gracias a las influencias de su tío, no obstante, haber abandonado la secundaria. Sebastián desaparecía de su vida.

Dos años más tarde, durante los juegos olímpicos de 1968, Ivonne acude a la inauguración contratada como edecán, empleo que le servía para incrementar sus ingresos de una forma notable. Por la noche fue invitada a una fiesta de celebridades y fue justamente ahí donde se reencuentra con Sebastián recién llegado de España adonde lo había enviado por un año su suegro para estudiar algunas soluciones de diseño arquitectónico.

Ivonne atendía con displicencia a dos tipos empeñados en conquistar sus favores esa noche cuando vio venir hacia ella a Sebastián cuyo rostro se iluminó sin poder disimular su gusto al verla. —El amor se da sus pausas, me dice Ivonne, pero no muere.

Ambos salieron de la fiesta rumbo a un hotel sin cruzar muchas palabras; los silencios eran elocuentes, las miradas trataban de hurgar en los corazones como tratando de encontrar las huellas de los caminos recorridos por cada uno de ellos. Ivonne se refugió en el pecho de Sebastián y éste entre las piernas de Ivonne.

Al amanecer, no supieron qué decirse. Se vistieron en silencio y caminaron luego por la amplia calzada de Tlalpan hasta llegar al Zócalo capitalino.

—Tengo un despacho de arquitectos, trabajo para varias empresas construyendo vivienda y edificios públicos. Tengo una casa en Cuernavaca y otra aquí en México. Y acabo de comprar un Mercedes Benz que está de lujo, le decía Sebastián.

Ivonne lo miraba extrañada pero lo dejo hablar.

—Tengo un gran futuro y pronto estaré en Los Ángeles construyendo con una empresa americana. La suerte se puso de mi lado…

—Pero no de mi lado, ¿verdad?, le responde Ivonne y agrega, —Y de tus hijas ¿no quieres saber cómo están?

— ¿De quien es la tercera niña?, ¿por qué me traicionaste?, le asesta Sebastián.

—Una vez te pedí confianza, jamás te traicioné con nadie, y Magnolia es tu hija también, aunque quieras creer lo contrario. Nunca pensé en otro hombre que no fueras tú, mi mente y mi cuerpo los dediqué a ti, Por mi mente y en mi corazón nunca habitó nadie más.

— ¿Y cómo puedo estar seguro, si ya no eras virgen cuando te conocí?, le replica Sebastián.

—No importa lo que pienses o creas, te seguiré amando igual, hoy y siempre. Mi tío pudo haberte mandado a matar, te pudieron obligar a casarte conmigo, a cumplir tus promesas; pero e amor no se obliga ni se presiona ni se compra. Quise pasar esta noche contigo porque te amo. Y pasaría muchas más sin presionarte porque yo sí te amo y ahora no me importa, cuántos hombres pueda conocer, tú estarás en mi vida para siempre….

Poco después nació Fabiola, la cuarta hija de Ivonne. Cada uno continuó con su vida sin dejarse de frecuentar cada tanto y en cada oportunidad. Para las niñas, sin embargo, Sebastián nunca existió.

Cuando Ivonne cumplía los 23 años la encontré en casa de unos amigos comunes festejando su cumpleaños en compañía de sus cuatro hijas; ahí, conoció a este tipo que la invitó a colaborar en su empresa sin saber que esa jugosa oferta de trabajo, le costaría la libertad al desairarlo.

Casi dos años duró el acoso del tipo sobre Ivonne. Dos años de lidiar entre la casa, los viajes de la empresa y el tipo enfadoso. De alguna manera, Ivonne había aprendido a capotear esa situación y aquello se había convertido en un juego del gato y el ratón. Pero sucedió que en un viaje, cuando el tipo presumía ante sus clientes a Ivonne como su mujer, Sebastián se presenta en el mismo restaurante llevándosela con él y dejando en ridículo al empresario quien juró vengar aquella afrenta y desaire.

Por un error, Ivonne no revisó algunos documentos antes de firmarlos y con ello se probaba su culpabilidad en un delito de fraude agravado que la llevaría a prisión por diez años.

En 1983 salió de la cárcel al cumplir 35 años. Diez años sin disfrutar a sus hijas, diez años esperando la visita de Sebastián quien nunca hizo nada por ayudarla. Diez años de reclusión, amargura y desencanto. Diez años sombríos pensando en dónde se equivocó. Diez años odiando al tipo y pensado en Sebastián…

Cuando al fin pudo abrazar de nuevo a sus hijas, ella era una extraña, alguien ajeno a sus vidas. La madre de Ivonne se había hecho cargo de las nietas con la ayuda económica del suegro de Sebastián sin que nadie se enterase.

Ivonne quiso recuperar el tiempo con aquellas señoritas de 21, 20, 18 y 14 años de edad. Quiso olvidar el tiempo de reclusión, el rencor y el odio. Buscó al amor de su vida y lo encontró nuevamente. Desde entonces, ambos se dan cita en esta ciudad cada seis meses donde pasan una semana recordando los juramentos y promesas que nunca rompieron.

Sebastián sigue siendo un arquitecto y empresario exitoso manteniendo un matrimonio sólido y honorable con Angélica y su única hija adoptiva pues él, jamás pudo tener hijos.

Mientras Ivonne concluye su historia sentados en las ramblas del río Tuxpan mirando las lanchas ir y venir de un lado a otro bajo este cielo nublado, veo descender de una barcaza a un hombre de cabello rizado quien desde la distancia saluda y le sonríe a Ivonne.

—Ya llegó el amor de mi vida, el verdadero padre de mis hijas, espero que se acuerde de ti.

Ivonne, a sus 58 años, lo abraza como una adolescente enamorada y le dice, —Alejandro, ¿recuerdas a Guillermo, el niño que un día trato de robarme un beso y por el que te enfureciste tanto?

Los vi partir sobre el malecón muy abrazados, besándose a cada paso como solían hacerlo en la azotea de aquel edificio del cual guardo gratos recuerdos. Lo vi desaparecer entre la gente en esta ciudad donde se frecuentan desde hace 20 años.

Isela 1

Publicado en Relatos de Mujeres el 30 de Septiembre, 2005, 16:54 por Guiyermo

Isela
Guillermo Ochoa

Querida Ana Karen, Lo prudente sería no relatar esta historia, sin embargo, es ella quien me lo pide; desea verse reflejada en un texto como quien solicita una pintura al desnudo, y yo accedo a narrarte 18 horas de trayecto entre Tapachula y Poza Rica.

Debí empezar con el viaje de Poza Rica a Tapachula donde vi por primera vez a Isela, una México-norteamericana radicada en Mc. Allen oriunda de Motozintla; pero esa historia es intrascendente. Ella se encontraba sentada dos filas delante de mí fuera de mi vista, así que la descubrí hasta que coincidimos al prepararnos café en la parte trasera del autobús.

— ¿Café o vas a querer te? Le pregunto con naturalidad.

—Yo siempre me quiero — responde en un obvio juego de palabras al tiempo que esboza una leve sonrisa. —Quiero tomarte te. —responde con desconcertante seriedad y aparento no comprender el sentido de las palabras.

Fuera de ese detalle, el viaje terminó sin nada extraordinario, mas no así el que nos conduciría de Tapachula a Poza Rica diez días después de haber llegado a Chiapas. Te lo cuento.

Percibo a una mujer sentada en la sala de espera. Tengo la impresión de conocerla, pero mal fisonomista como soy, no logro ubicar su rostro. Ella siente ahora el roce de mi mirada y responde con una sonrisa cerrada. Una mueca que acentúa los hoyuelos de sus mejillas. Sin preámbulo, se levanta para acomodarse junto a mí; coloca un maletín negro y una bolsa de Fábricas de Francia a sus pies, diciéndome:

— ¡Qué coincidencia! ¿Verdad? , vamos a viajar juntos otra vez; supongo que irás a Poza Rica.

— Supones bien, ¿y tú?

—Viajo a Tampico para transbordar a Mc Allen. —ella observa hacia las computadoras— Segunda coincidencia, nuestros estuches son iguales. Hoy lo tuve que comprar en el mercado San Juan porque el original se arruinó.

—Serán tres coincidencias porque justo ahí, lo conseguí.

Ambos sonreímos como si se tratase de un gran acontecimiento, pero ese inicio nos da pauta para iniciar el bombardeo de preguntas mutuas. Preguntas exploratorias, dirían los psicólogos.

— ¿Cuál asiento te tocó? —Isela me muestra su boleto, luego observa el mío. —Pues cuarta coincidencia y andamos de suerte.

La voz del sonido local anuncia la salida del autobús con destino a Tampico. Isela lamenta haber olvidado, cambiarse la falda por unos pants como acostumbra al viajar, pero no parece darle mucha importancia al hecho. El autobús parte con 10 pasajeros dispersos en la parte trasera; solamente, Isela y yo, quedamos al frente en la segunda fila. En otras circunstancias, me habría cambiado a un par de asientos vacíos. En ese momento, ni siquiera lo considero, la charla transcurría ágil en torno a las costumbres americanas y la vida de una mexicana entre gringos.

— ¿Trabajas en Mc Allen?, le pregunto porque su acento me indica que radica allá.

— Allá vivo con mi esposo y un hijo, allá viven mis padres desde hace 30 años. A Estados Unidos llegué a estudiar desde la primaria. Mi padre no quiso que creciera entre los cafetos, los indios y la sierra de Motozintla. Con sus cultivos logró reunir una pequeña fortuna para vivir desahogadamente en Texas, como hacen muchos finqueros de Chiapas en realidad. Así que al terminar la maestría, me hice cargo de los negocios y ahora cada tanto vengo a supervisar los trabajos de la finca. En realidad, México me atrae por su gente, por esa manera de vivir tan cachonda tienen los mexicanos.

Su respuesta me desconcierta. Si se refiere a un estilo de vida donde la sexualidad, el lenguaje, la vestimenta, los peinados y actitudes han rebasado los límites de la libertad, no creo que pueda encontrar eso en México a no ser en la capital donde López Obrador ha promovido la prostitución y la proliferación de antros, donde se practican todo tipo de excesos. Pero se lo pregunto.

— Pues no creo, que en México existan tantas discos y bares donde los clientes acudan con vestimentas estrafalarias, se desnuden, se droguen y escandalicen llegando a excesos como en los antros de Estados Unidos, le respondo.

— Hay una enorme diferencia. En Estados Unidos hay un pequeño segmento de la sociedad al que podríamos llamar conservadora, pero una gran parte de la sociedad norteamericana son producto de las guerras y la droga. Hombres y mujeres veteranos de guerra afectados con la experiencia de la Gran Guerra, Vietnam, Cuba, las guerrillas y dictaduras latinoamericanas, Afganistán, Irak, por mencionarte algunas. Otros, viven mutilados o seriamente, dañados de la mente; y con ellos, sus hijos educados amoralmente donde ya no se concibe la frontera entre lo bueno y lo malo. No son inmorales, simplemente no hay moral porque ¿quién puede vivir con la mente tranquila después de haber asesinado en una guerra? Por eso, la droga, el alcohol, el sexo, la violencia, el crimen, la sangre, se han convertido en un estilo de vida que recrean los medios, la televisión y el cine, en especial, y lo peligroso es que lo exportan a países como México donde la experiencia es totalmente diferente.

— En eso tienes razón. Los gringos han sido víctimas de sus gobiernos y empresarios bélicos. En Europa, Medio Oriente y Asia arrasaron con la población infantil y joven dejando a una generación de viejos, que bien o mal, ha mantenido la buena conciencia entre las nuevas generaciones. No así los americanos cuyos jóvenes regresaron perturbados por guerras ajenas, le respondo.

— Ustedes lo viven en esta frontera sur con la mara salvatrucha. Los gobernantes son muy ignorantes y minimizan este movimiento confundiéndolo con simples pandilleros jóvenes. La mara se alimentó de muchos niños y jóvenes quienes aprendieron a matar desde los 9 años de edad siendo soldados en El Salvador, Guatemala y Honduras. Piénsalo, ¿para esos niños, qué pude significarles la muerte? ¿Cómo pueden vivir una sexualidad con ternura y amor si tan sólo conocen el odio y el rencor? La sexualidad en Estados Unidos es muy diferente a la de los mexicanos.

— ¿Diferente?

— Sí, diferente. En México el sexo se vive con cachondería, con calentura rica; en Estados Unidos se vive como agresión, con indiferencia, con exceso y degradación. Allá terminas el High school y es obligada tu primera cita; eso, si no la has tenido ya antes con algún chico que te haya desvirgado. El sexo es un producto de consumo en Estados Unidos. Hombres y mujeres son desechables. ¿Cómo explicártelo? Allá, si alguien te agrada, le propones directamente ir a la cama y si accede, todo listo. En México, nadie haría eso, te cortejan, te rondan, hay piropos y esa parte linda de decirte cosas bonitas al oído aunque sean mentiras y lo sepas, pero el cortejo en México no lo cambio por nada.

El autobús se detiene en la primera inspección migratoria. Isela se sienta sobre sus propias piernas y me dice, "si a un americano le muestras las piernas sólo hay dos reacciones: o le es indiferente o te invita a la cama. En México, invariablemente los hombres se ponen nerviosos y te penetran con la mirada ardiente y si quieres, hasta con morbo. ¡Fíjate!

Un agente joven sube, se detiene en los muslos de Isela. Le formula preguntas, le solicita identificación y vuelve a interrogarla sin sentido. Ahora, el agente se dirige hacia una pareja con acentuado aspecto centroamericano. Las morenas de Honduras llevan el rostro achocolatado, menos cenizo que las morenas mexicanas y esa característica las identifica. Isela me lanza una sonrisa de complicidad, comprobando su teoría. Yo aprovecho para prepararme un café soluble.

— ¿Deseas un café?, le pregunto a Isela.

—Si no hay inconveniente, prefiero tomar té, me responde con toda picardía.

Hacía mucho frío. Isela se ha ocultado de las piernas al cuello con una enorme frazada. Por fortuna, el monitor de la televisión nos queda una fila adelante y no tenemos que padecer las insufribles y somníferas películas americanas.

—Yo también prefiero el cine europeo, aunque no puedes evitar las películas americanas. Se te meten por donde sea. Los gringos usan el cine para lanzar sus mensajes políticos como amos y señores del Universo, son los protectores, vigilantes y censores de lo bueno y lo malo en este mundo; mientras ellos son elegidos de Dios; el resto, son nazis, fascistas, comunistas, cubanos, narcotraficantes, latinos peligrosos, árabes terroristas, italianos mafiosos, cubanos asesinos, rusos espías, mexicanos pandilleros, colombianos narcotraficantes, chinos criminales…

— Me extraña que lo pienses así, siendo más americana que mexicana.

— Los mexicanos en Estados Unidos no perdemos la identidad con facilidad, más aún la reafirmamos, es un orgullo –si quieres tonto- pero lo llevamos como una tabla de salvación en medio de la amenazante vorágine americana… si te das cuenta, las familias como la mía, a pesar de los años, no perdemos la costumbre de hablar en castellano ni la predilección por la comida, la religión y las fiestas.

Una duda me asalta al no comprender cómo teniendo dinero, viaja en autobús para recorrer grandes distancias. Y se lo pregunto directamente.

— Y ¿por qué no viajas en avión?

— Aunque no le creas, me dan pánico los aviones, sobre todo después del 11 de septiembre. Pero la razón es porque me detengo en la fábrica de Matamoros para supervisarla; luego, me detengo en Tampico a visitar las casas que rentamos ahí. En Veracruz también tenemos algunas propiedades, pero siempre disfruto el viaje por tierra.

— ¿Regresarías a vivir en México?

— De ninguna manera —me responde sin pensarlo siquiera— México no es una buena opción para vivir. Es increíble para hacer negocios. En México cualquiera se hacer rico, menos los mexicanos. ¿Y sabes por qué? Porque no saben asociarse, no saben invertir ni esperar a que los negocios se consoliden para empezar a ganar. Los mexicanos quieren ver las ganancias antes de poner un centavo. Y si vives entre mexicanos, te vuelves como ellos: soñador, fantasioso e improductivo o peor aún: tranza. La tranza y la corrupción es la vía más socorrida de los mexicanos que amasan fortnuas. Eso decía mi padre siempre, y ahora sé que tenía razón.

— ¿Qué te puede agradar de los gringos?, le pregunto por molestarla.

— Su sentido práctico de la vida. Nunca se andan con rodeos, en los negocios particularmente son muy objetivos y fríos; no me agrada su frialdad en las relaciones humanas, pero hay un núcleo de mexico-norteamericanos donde me muevo alegremente. Tomamos de los gringos lo mejor y seguimos en lo nuestro. Es como vivir tres identidades al mismo tiempo.

Isela me comenta de los reality show como una clara expresión de la descomposición de la sociedad; coincidimos en esa invasión de información que nos conduce a la incomunicación humana.

— ¡Fíjate! — me comenta— Una prima en Motozintla se quejaba de su marido quien gastó dos mil pesos en llamadas a esa línea del 900 para hablar con las famosas "Colegialas". ¡Deja a un lado el fraude que significan esas llamadas! Lo grave es esa necesidad de comunicarse con gente virtual en busca de afectos o de aventuras irrealizables. En eso se ha convertido también el chateo en Internet. Nos acerca en apariencia pero no dejamos de estar solos, siempre solos.

— ¿Pero te puedes abstraer de la electrónica en esta época?, le pregunto.

— Puedes no dejarte atrapar ni dominar por la cibernética. En casa mi marido y yo la usamos pero no dejamos que nos use. No tenemos televisión, la Internet la usamos para negocios y nuestras relaciones son de carne y hueso. Convivimos con gente de todo tipo, con gringos, mexico-norteamericanos, indocumentados, con mexicanos de la frontera y de Chiapas. Con gente conservadora, liberal y extraordinariamente liberal. Tenemos amistades reales, no virtuales.

El autobús se detiene. La gente desciende a estirar las piernas o a comer algo. Antes de descender, Isela me dice:

—Desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, perdí la esperanza en la humanidad. Los creyentes se confunden, Adán y su costilla no perdieron el Paraíso, lo que perdieron causando su expulsión, fue la capacidad de comunicarse entre humanos para convivir en armonía, lo que aún, no hemos podido recobrar. Es más, ya ni nos preocupamos por entendernos. Domina el odio, la envidia, el rencor, las malas pasiones… cambiará todo, menos la condición humana. Por eso ya no me complico, la humanidad no cambiará, pero debemos hacer lo posible por crear amistades duraderas y no simples conocidos…

Isela 2

Publicado en Relatos de Mujeres el 29 de Septiembre, 2005, 17:01 por Guiyermo
Al Sur,
Chiapas, México 24 de junio de 2005
Miembro Fundador de Columnistas de la Frontera Sur
www.columnasur.org

Isela
Segunda parte


GUILLERMO OCHOA MONTALVO

Querida Ana Karen, Cuando Isela descendió del autobús, señaló enfática: "estamos en territorio oaxaqueño, pronto, el Ejército Zapatista de Salinas de Gortari se extenderá hacia Oaxaca, Guerrero y nuevos municipios chiapanecos, donde continuarán con las expulsiones de gente y liberarán más terrenos sobre los cuales abunda una riqueza inconmensurable… Marcos es marioneta de los poderosos para mantener el poder en manos de la oligarquía mexicana…"

Evito entrar en la polémica de Marcos y el EZLN, coincido con ella, pero siento flojera de discutir sobre un personaje mítico cuya guerra de tinta e Internet sólo reaparece en cada coyuntura política de la nación. Un personaje sin ganas de hacer ninguna guerra, y no obstante, podría desatarla en cualquier instante con toda la pólvora de la irritación social regada en este país. Esa es su fuerza.

Chispea y la gente se refugia de inmediato en el restaurante donde cada autobús al llegar, provoca el movimiento acelerado de las meseras y cocineras. Isela se dirige directamente al baño; la espero a prudente distancia. Al salir, me hace una seña con la cabeza indicándome la salida, prefiere permanecer la intemperie mientras ve llover. La alcanzo con un té y un café en la mano fuera del restaurante donde se encuentran algunas chatarras de automóvil,

— Mi hermano inicio hace años un negocio con estas chatarras. Compraba autos usados en Estados Unidos para arreglarlos y venderlos en Guatemala, en el trayecto adquiría refacciones en los deshuesaderos como les dicen aquí a los yonkees. Con mil dólares compraba hasta tres autos Toyota y luego de arreglarlos, con una mínima cantidad, los vendía hasta en tres mil dólares cada uno.

— ¿Ya no se dedica a eso?, le pregunto.

— Él ya no viaja, pero sigue en el negocio. Ahora tiene gente y cada semana trasladan de 40 a 60 vehículos de la frontera Norte hasta Guatemala. Trabaja con tres guatemaltecos de toda su confianza a quienes ha enriquecido porque en Guatemala con 3 mil dólares al mes vives de maravilla. De hecho, ellos son los ricos de sus pueblos.

A pesar de la lluvia, la noche se mantiene cálida, los autos que transitan la carretera suspenden por segundos la penumbra del paradero de autobuses. Por alguna razón todos llevan el nombre de Restaurante Yoli. Supongo que forman parte de las empresas de autobuses, pero no lo sé de cierto. Nos sentamos sobre el cofre de un automóvil a punto de desbaratarse. Isela deja caer sus espaldas sobre el cofre para mirar hacia un cielo de estrellas y nubes.

—Recuéstate. Lo mejor está allá arriba, hacia donde nunca observamos. ¿Qué ves?

Siento el agua sobre las espaldas pero no me incomoda y accedo.

—Veo nubes… muchas estrellas… la constelación de Orión… las tres Marías… aquel conjunto es la Osa Mayor… allá aparece Hércules y esa como papalote se llama…

—Esa en forma de cometa se llama Bootes, esa es mi favorita —casi grita Isela al descubrirla.

—Algo único en esta región, como en Tapachula, es presenciar un aguacero bajo un sol radiante o una noche estrellada y siempre me pregunto, ¿dónde están las nubes que producen esta lluvia?, le comento.

—Mira fijo al cielo. Concéntrate en las estrellas, en su brillo. No separes la mirada de un punto fijo y piensa en algo agradable. ¿Ya? … Cuenta hasta veinte… Ahora cierra los ojos y no dejes de mirar lo mismo, captura las imágenes en tu mente y no las sueltes… dime lo primero que venga a tu mente…

Trato de asir las imágenes de Hércules en la mente y por asociación repito: —Hércules, Barcelona, Ramblas, Cataluña, catalán, Serrat, Caminante, Machado, Guernica, Picasso, Toulouse, impresionistas… Hazlo tú —le pido.

Isela mira fijo y al cerrar los ojos responde: — noche, brujas, maridos, baile, lujuria, oscuridad, fuego, fiesta, abrazos, besos…

—Tus respuestas me hacen pensar en un aquelarre, —le digo sin pensarlo.

—Será por la cercanía a Catemaco —ríe abiertamente— algo de bruja debo tener. En Motozintla mis tías son hierberas parteras, hacen limpias, preparan remedios y también pócimas para el amor entre otras cosas… lo aprendieron en Guatemala de sus abuelas.

El comentario me recuerda la colindancia de Motozintla con Guatemala, el paso de los jornaleros e indocumentados a través de esa sierra deforestada donde alguna vez el café generó riqueza; pienso en el chorizo chino del mercado de Motozintla, en sus indios y en cintos de transmigrantes en busca de la terminal de autobuses que los conduzca a Caborca, Tijuana o Ciudad Juárez… pienso en los conocidos de esa región y en Tamara, una americana radicada en medio de la sierra chiapaneca.

— ¿No extrañas Chiapas cuando pasas mucho tiempo en Mc Allen?

— Lo que extraño son los amigos de Tapachula, la fiesta en las discotecas por la noche y las escapadas a la playa en la madrugada; extraño el relajo al amanecer en la playa, la resaca, las cervezas en vez del desayuno; los camarones con huevo y el no saber el nombre del chavo con quien amaneces… pero más extraño cuando ese chavo trata de explicar lo obvio y le ves cara de culpabilidad tratando de justificar sus actos con mil palabras de amor… Eso me agrada es muy tierno. En Norteamérica, nadie siente culpa de amanecer con un desconocido.

La repuesta me resulta muy civilizada al estilo americano. Y no puedo evitar la curiosidad para preguntarle, — ¿Y tu marido?

— En eso no me declaro mexicana para nada. Nuestra relación es muy feliz y estable, pero nada que ver con nuestros gustos y preferencias, ni con nuestras aventuras ni libertades. En eso no invadimos la intimidad del otro. Sé a que te refieres y no me extraña la pregunta, pero nuestra relación es completamente abierta en ese sentido.

Con natural desenfado, Isela vuelve a poner la vista en el cielo. No dice nada. Ahora tararea una canción en inglés y tamborilea con los dedos sobre el cofre del auto destartalado.

— ¿Sabes?, cuando llego a Mc Allen ya deseo regresar a Chiapas y al revés; será porque en cada lugar me da por extrañar lo que dejo atrás. Recuerdo cuando mi padre nos sentaba a narrarnos historias sobre "su tierra". Nos hablaba de los cafetales, de los arroyuelos surcando laderas, del venado y la cantidad de animales en la sierra; nos hablaba de bosques magníficos donde abundaba el agua y la vida. Nosotros nos imaginábamos a Chiapas tal como él nos lo describía pero no podíamos imaginar que esa visión pudiera ser real.

— ¿Cuándo conociste Chiapas?

— Hasta que cumplí los 12 años, me trajo mi padre a visitar a los parientes. Él viajaba solo porque no quería que le agarráramos afecto a este lugar. Y siempre nos advertía, el día que conozcan mi tierra, la tierra donde tú naciste, no querrás regresar a Estados Unidos. Y fue cierto, ya no deseaba salir de Chiapas. Casi me regresaron a rastras porque en poco tiempo hice más amigas en un mes que en los años que llevaba viviendo en Mc Allen.

— ¿Y cómo te regresaron?

— Cuando se es niña, las diferencias sociales son imperceptibles cuando haces amistades de afecto. Pero conforme creces, te vas habituando a un estilo de vida que te distancia cada vez más de lo tuyo, de tus orígenes… Bastó con queme llevara a la escuela rural donde me dijo que estudiaría y eso me convenció para regresar. ¡Imagínate la impresión! ¡Imagínate la diferencia entre el colegio americano y la escuelita rural!

— La visión de mi padre fue distinta a la de los productores de su época. Siempre supo que el café no duraría para siempre y por eso decidió emigrar a los Estados Unidos para invertir su dinero en otras empresas; luego, se asoció con un americano para instalar una maquiladora en Matamoros. Al principio fue casi un prestanombres porque en México los gringos no podían ser accionistas mayoritarios, pero más tarde se quedó con ese negocio y empezó a adquirir propiedades en Tamaulipas, Veracruz y Chiapas.

— Quieres decir que a ustedes la crisis del café no les afecta, ¿es eso?

— Así es. No nos afectó jamás, al contrario, le sacamos provecho porque no teníamos necesidad de vender el grano y menos de malbaratarlo. En cambio, muchos de los productores nunca aprendieron a invertir su dinero; a nadie le interesó conocer los mercados ni entran en cadenas comerciales o de transformación del producto porque el dinero les llagaba fácil, pero fácil se les iba también…

— Esa historia la conozco, la he escuchado miles de veces…, la atajo.

Isela levanta las manos sobre su cabeza, se recoge el cabello y suelta un prolongado suspiro.

— ¡Ah, Motozintla! ¿Sabes? Ahí tuve mi primer amor, un amor de verdad, de esos que se dan besos en lo oscurito, de esos amores campiranos, de caminar entre los senderos, bañarse en los riachuelos y perderse entre la maleza. ¡Ufff! ¡Qué recuerdos me trae este cielo! Él era hijo del administrador, un chico de 15 años como yo cuando le conocí durante las vacaciones de verano. Tenía unos ojos intensamente verdes, era moreno, sin embargo…

— ¿Tenía o tiene?, pregunto.

— Tiene, —responde pícaramente—, aún los tiene del color del bosque. Yo le decía que era de tanto mirar hacia la sierra, de tanto bosque en esa sierra. Cuando regresé a casa contaba los días para volver a Motozintla. Fue mi primer amor, esos amores sin reserva, cándidos y perversos a la vez, de esos amores ardientes de adolescencia que se llevan en la piel y no pensaba en otra cosa… al sentirlo cerca su contacto, su aliento, me estremecían como ahora tan sólo al recordarlo… ¡Ayyyy! Amores con sabor a pecado, amores a escondidas, amores de los buenos… fue el primer hombre en mi vida a los 18 años.

— Y ¿qué sucedió?

— Lo de siempre, regresé dos años más tarde, él se había unido con una muchacha sencilla, no supo esperar, la gente en Chiapas crece demasiado rápido, aquí no hay futuro para un joven campesino y la sangre es poderosa. Se llevó a la muchacha a vivir a San Marcos, luego regresaron con un hijo, pero no me olvidaba… Desde entonces, cuando regreso a la tierra procuro verlo en Tapachula al menos un día. Es una necesidad en verdad, no sé cómo explicártelo pero es algo inevitable…

Isela respira profundo. Trato de imaginarla conduciendo su automóvil por las amplias avenidas de Mc Allen, vistiendo esos pantalones a la cadera, yendo a los bares donde la música House o la grupera la hacen bailar hasta la madrugada; la veo en los break spring o en los Mardi Grass de New Orleáns adonde dice acudir, levantándose la blusa en medio de la euforia de esa gente a quien llama los hijos de la guerra deambulando por Borbon Boulevard. La imagino sin dificultad en las ciudades de la Unión América, en sus plazas comerciales pero me cuesta trabajo pensar en ella como una campesina ni siquiera como una finquera supervisando los cultivos de café de la mano de un moreno de ojos verdes capaz de seducir a la hija del patrón.

— Pensarás que soy una loca, ¿verdad?

— No. Pienso en que eres una mujer que cada año repite la fantasía de un primer amor, sólo eso.

El autobús parte de Poza Rica con una mujer de tres identidades, una mujer con el cerebro en Estados Unidos y el corazón en Motozintla. Una historia como tantas otras.

Pies de Gitano

Publicado en General el 28 de Septiembre, 2005, 16:22 por Guiyermo

Pies de Gitano
Guillermo Ochoa

Querida Ana Karen,

Aquí, allá y acullá de pronto se convierte en algo cotidiano, algo común entre los gitanos cuya patria es el suelo donde pisan en cualquier momento; nómadas históricos, errantes sin tierra dirán algunos, empero cada rincón nos es propio aún cuando en ninguna parte tendamos raíces. Eso del arraigo no es lo mío. Y de tanto ser gitano ya quisiera algún día volverme sedentario porque cuando los pies son gitanos el corazón también migra o como dijera una amiga estimable: el amor nunca muere… sólo cambia de lugar.

Esta condición de gitano no me viene de familia sino de ese afán por conocerlo todo, por viajar desde pequeño y explorar con obsesiva intención nuevos lugares y personas. Durante mi vida jamás pude controlar mi destino, me dejé llevar hacia donde mis pies apuntaban y en esa dirección viajaba, por impulso, por curiosidad, por instinto animal, quizá.

Llevo en la mente el recuerdo de Europa y los mejores lugares de los Estados Unidos donde la colonia inició su aventura en Dover y Wilmington o en esos antros de cultura subterránea de Nuevo Orleáns y Hollywood, pero nada tan fascinante como haber viajado por más de mil municipios del país aunque mi asignatura pendiente es el estado de Zacatecas.

De Sonora conservo viva la imagen de sus campos de algodón y esa ciudad tan cuadrada como Ciudad Obregón; la imagen de los pescadores de Guaymas viajando en jet privado a Las Vegas aunque luego no tuvieran ni en qué caerse muertos. Pero Sonora también huele a revolución, a epopeya y grandes hombres de lucha. A ti te han correspondido los ideales del Norte mientras yo miro al Sur. Algo de común tienen Tapachula y Sonora y son sus migrantes que van de aquí para allá en busca de San Luis Río Colorado sin saber que el desierto no son los bosques generosos del Soconusco donde le agua abunda y el alimento se encuentra a flor de tierra. Compartimos los contrarios y los opuestos. La riqueza del Norte y la miseria del Sur.

Desde Sonora el mundo se ve de otra manera; más afanosa, con mayor previsión y prevención; la naturaleza no fue tan generosa como al Sur donde la riqueza natural explica la miseria social de mi gente.

En Chiapas viví, ahí decidí sembrar, aunque aún no sé que quiero cosechar. Por las mañanas cuando amanece, mi ventana me devolvía la excelsa presencia del Tacaná con su altura de 4,400 metros elevándose sobre el mar y cuya fumarola algún día nos volverá a sorprender. Allá arriba habitan las almas de quienes producen el mejor café del mundo y también de quienes sueñan con los tiempos de esplendor que quizá jamás vuelvan ya. Pero eso poco me importa, porque el trino de miles de aves diferentes me despertaba cada mañana y el colorido de las flores rompe con la monotonía de ese intenso verde que abunda hacia donde tus ojos miren.

Una taza de café aromático me acompaña mientras escribo. Los alcohólicos no conocen este placer porque de seguro dejarían de beber para siempre sus bebidas embriagantes al saborear la delicia de un express doble de márago orgánico producido en la Finca Irlanda o en cualquiera otra de las decenas de cafetales iniciados por aquella migración alemana que llegó hace más de cien años a invitación de Porfirio Díaz para colonizar esta tierra de paludismo, manglares y pantanos casi inhóspita para los mortales.

Pero al fin, entre ingleses y alemanes, domaron la montaña y de ella hicieron el buen café, como los japoneses y los chinos domaron al mar para extraer el tiburón y su aleta tan preciada. Si. Tapachula es ciudad o pueblote cosmopolita, una especie de cosmopolita de tipo provinciano, no al estilo de Santiago de Chile o Buenos Aires, pero al fin y al cabo en Tapachula se dan la mano los indios Mam con los centroamericanos, asiáticos y europeos que un día como gitanos llegaron a explorar estas tierras y nunca más quisieron salir de aquí.

Del mar a la sierra hay pocos kilómetros pero toda una historia. Tapachula me abrió los brazos desde hace tiempo. Llegué por un mes de vacaciones y viví en esa tierra por casi 14 años. De hecho nunca he trabajado, me desagrada hacerlo por obligación y menos aún por un salario. Desde chico me dediqué a las cosas creativas, a todo aquello que me generara placer, gusto yde paso, me pagaban por hacerlo.

Un día conocí las zonas indígenas y me decidí a estudiar sociología para penetrar en el mundo de los 54 grupos étnicos del país. Pero mis pies me llevaron al campo de México y cuando me di cuenta, estaba enrolado con los campesinos que habitaban las colonias de miseria en la zona metropolitana de la Ciudad de México y ahí encontré el motivo de mi afán profesional.

La cultura urbana me sedujo con el encanto de los migrantes del capo a la ciudad. Siempre me he divertido para ganar dinero. Nunca he trabajado porque siempre he disfrutado lo que hago porque el trabajo impone sacrificio, esfuerzo, obligaciones, y mucha paciencia, cosas de las que yo carezco.

Con sentido lúdico crecí en lo profesional y me siento satisfecho pero un amigo bien dice: Guillermo es un éxito profesional pero un fracaso emocional. Pero esa… es otra historia.

Disfruto escuchar y contar historias, no hago cuentos sólo le pongo tinta  la voz de mis amigos o conocidos. Y aquí en Sonora hay mucha historia en los desiertos, historias de migrantes que la arena se lleva presurosa borrando la huellas como el tiempo borra las mías por donde voy pasando… y a pesar de ello, sigo andando como errante, como gitano.